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La Economía Social y Solidaria (ESS) es una forma de organización que considera tanto la oferta como la demanda final; existe desde los inicios de la humanidad y todavía la practican algunas comunidades indígenas y grupos urbanos donde el capitalismo no tiene garantías de utilidades; el concepto de social y solidaria -no confundirse con la economía social de mercado, que es un conjunto de políticas y procesos productivos, referido el pasado 4 de mayo en esta columna-, se manifiesta a mediados del siglo XX, incluso el movimiento hippie de los años de 1960 la adopta en sus comunidades; la denominación de solidaria, al parecer, busca alejarla del concepto de economía política y de todo lo que huela a “política”, “estado”, “público”, “poder”, etc.

La idea ha sido secuestrada por muchos estados y sus respectivos gobiernos para cooptar a los miembros participantes de esta economía, lo que provoca una gran diversidad de prácticas y experiencias que complica su definición; incluso la academia no ha podido generar convenciones mínimas. Esa heterogeneidad se expresa en la normatividad de los países que han legislado al respecto, promoviendo, casi siempre, su incorporación a la economía de mercado a través del empleo.

En México existe la Ley de la Economía Social y Solidaria, que reglamenta el artículo 25 de la Constitución Política, referido a este sector de la economía y lo hace desde un enfoque de no mercado, pero tampoco tiene aplicación práctica para los miembros activos del sector, pues fundamentalmente se ocupa de la administración de organismos de “representación” y burocracia reguladora, situación que provoca que los sujetos que ejercen este tipo de economía se refugien en la informalidad, se organicen en función de vecindad y compadrazgos y sean susceptibles de colaborar con criminales que los “apoyan” en situaciones complicadas y de emergencia.

Ahora bien, en el actual ambiente de aislamiento que existe a nivel mundial, el paradigma de valor de cambio que fundamenta el principio de economía de mercado está siendo sustituido por el del valor de uso, que procura el principio de reproducción y además tiene como unidad social la familia como medio la solidaridad y como fin la subsistencia; sin embargo, para el sistema capitalista (egoísta e individualista) esto es muy peligroso: la mercancía en forma de trabajo, el consumo excesivo de mercancías resultantes por quienes trabajan -que ganan poco y están endeudados- son los que sostienen el sistema, que está quedando en evidencia, y el imaginario social pronto reclamará.

En cada crisis capitalista desaparecen miles de empresas y empleos; las fuertes ocupan el lugar de las “quebradas”, los desempleados en los países desarrollados son protegidos por los seguros de desempleo, mientras en los subdesarrollados pasarán a formar parte de la ESS, pero ésta se organiza desde las familias y genera trabajo solidario (subsistencia y empatía comunitaria).

¡Al capitalismo le urge recuperar la antigua normalidad, porque la nueva normalidad puede destruirlo!