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Caminaba distraído por una calle de la ciudad de Chetumal, capital del estado de Quintana Roo, y en algún momento fui sorprendido por una jauría que me hizo correr para salvar mi integridad, pero decidí que debía hacerle frente; esa estrategia casi siempre funciona, específicamente contra ese tipo de perros a los que los lugareños acostumbran llamarles malixes, así que cuando salí de lo que consideraban su territorio vital, recogí varias piedras, que abundan por las calles de esa tranquila ciudad, e inicié mi “venganza” -considerando mi naturaleza de cero tolerancia contra los abusos de los seres que ejercen un poder no establecido en un contrato social- y las arrojé contra ellos para abrirme paso, restablecer el tránsito y la paz social.

En un principio todo funcionaba, lograba avanzar y recuperaba terreno, los canes retrocedían, huían y abandonaban sus posiciones, hasta que regresó el perro negro chaparro, al que los otros canes consideraban su líder; la actitud de ese delincuente callejero cambió la percepción en el escenario de operaciones, cada vez que tiraba una piedra -amén por mi pésima puntería, que lo atribuí a su forma irregular- para mi sorpresa el “negro chaparro” iba por ellas, las mordía y las lanzaba con el hocico hacia cualquier lugar, tal vez con el objeto de pegarme. Nunca he podido volver a pasar por ahí, se impuso la ley de la calle, la ley natural.

En tiempos remotos el ser humano le temía al fuego, tanto como el resto de los animales, sin embargo, por alguna razón uno de ellos decidió enfrentarlo y dominarlo, lo que les permitió asentarse en un lugar y establecer un espacio seguro contra sus depredadores; lo que en un principio surgió como un enclave que proclamaba un perímetro de tranquilidad, se trasformó en laboratorio social para llevar a cabo una primera división del trabajo: por un lado los recolectores de semillas, frutos y piedras raras, con integrantes tribales próximos al perímetro -que al parecer fueron mujeres- y los cazadores que en su mayoría eran hombres que se presume se convirtieron en militares y expandieron el espacio de la tribu.

En periodo posterior se procuraron las condiciones de conveniencia y ocio que permitieron el descubrimiento de la agricultura por parte de los recolectores, así la tribu se convirtió en sedentaria, que para obtener alimento no necesitaba desplazarse, ahora debía mantenerse en el mismo sitio para cuidar sus cultivos. Entonces surge un nuevo problema, la posesión de la tierra, que, aunque no era escasa, requiere la seguridad que les proporcionaban el fuego y las armas de los cazadores; se reparten tierras y se crea el concepto de tenencia de la tierra, se especializan los cultivos y se intercambian semillas entre los agricultores, de esta manera nace el trueque; después algunas de esas semillas se convertirían en dinero, detonador que las transfiguró en sociedades regidas por el comercio, precursor del cambio social.

El perro dominó la piedra de la misma manera que el humano lo hizo con el fuego; ¡el liderazgo es la esencia!