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Que no chille. Que no sea cobarde ni muestre debilidad. Que se haga respetar, a golpes si es necesario. Que tenga cuanta mujer pueda mantener. Que le gusten los deportes. Que no le guste el color rosa. ¿Con cuántas exigencias más cargamos los varones desde que somos pequeños? Esta masculinidad hegemónica y machista que impone que nosotros los varones disfrutemos de las bebidas “fuertes” y no los blue Hawái “que son de niñas”; es como construye el patriarcado lo que debe ser la masculinidad, una construcción amparada por la sociedad en la que vivimos y que legitima el uso de la violencia para probar al hombre. En este mundo el más macho es el que puede controlar todo a su alrededor y esa premisa es bastante peligrosa cuando se combina con armas, problemas mentales o fanatismo.

¿Pero por qué se usa la violencia como forma de perpetuar y reafirmar la masculinidad tóxica? Porque es la manera más rápida de mantener la jerarquía de género y porque ejerciendo la violencia se perpetúa el ciclo de la masculinidad entendida como ese “hombre fuerte que lo puede todo y que no se detiene hasta conseguirlo”.

Mientras la idea de la feminidad ha variado drásticamente, la ideología de la masculinidad no ha cambiado en los últimos 50 años.

Ayer lunes amanecimos con la suspensión de clases en el Campus de Ciencias Exactas de la UADY por un alumno que amenazó en un grupo de WhatsApp con desatar un tiroteo en el plantel. Ante estas amenazas no se puede asumir que es una simple broma, sino que es necesario aplicar todas las medidas que salvaguarden la integridad de los estudiantes, administrativos y docentes de la Universidad; pero también es momento de cuestionarnos acerca de cómo seguimos educando a nuestros hijos o alumnos hombres.

La lucha por la igualdad no debería ser tema de un solo sexo, no es una cuestión meramente de reivindicaciones, es nuestra corresponsabilidad en una sociedad de iguales. De no hacer la tarea juntos, nuestras relaciones seguirán caracterizándose por comportamientos afectivos limitados, actitudes basadas en control, poder, competencia, pero, sobre todo, en una marcada dificultad para el cuidado de nosotros mismos como individuos.

No es viable para la humanidad seguir construyendo una identidad masculina por oposición, poco incluyente y violenta. Ya es momento de participar activamente, comprender e involucrarnos en la lucha por la igualdad para reconstruir el modelo de masculinidad aprendido y vivir en una sociedad justa con nuevas masculinidades, antisexistas, antirracistas, antihomofóbicas, promotoras de una vivencia de la masculinidad amplia y diversificada, plural y abierta.

Debemos detenernos a analizar esto, pensar en cómo los hombres ejercemos nuestra masculinidad y cómo las mujeres validan estas acciones, porque mientras exista ese mito del macho proveedor seguirá existiendo violencia de género.