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Ayer se celebró en nuestro país el Día del Maestro, una figura que se encuentra en crisis y que ha evolucionado, pasando del respeto y un alto aprecio social a la burla y el descrédito generados en buena medida por la utilización que de él han realizado para su beneficio gobiernos de diversa índole, partidos políticos y sindicatos, y también por la falta de legítima vocación magisterial de muchas personas que han visto la actividad como manera de asegurarse un puesto en la burocracia federal o estatal.

La complejidad del mundo actual, con niños y jóvenes acostumbrados a la inmediatez, a la constante estimulación visual y auditiva, genera un cierto tedio por las actividades escolares.

El afán de realizar labores formativas siempre y cuando sean útiles y permitan a las empresas contar con personal calificado para sus actividades ha determinado en buena parte la labor del maestro actual, olvidando en ocasiones los fines últimos de la educación como lo es la formación de seres humanos positivos para ellos mismos y su sociedad.

Esta labor de convicción no se realiza por un pago; no se hace el bien por un reconocimiento, sino que se hace porque se está convencido de la bondad e importancia de la labor hecha.

Conozco de manera personal a un gran número de maestros que han puesto su alma, vida, corazón y entrañas en formar buenos seres humanos simplemente porque reconocen la importancia de esta labor para nuestro país y su sociedad.

Yo mismo admito con humildad y también con alegría que no sería nadie sin mis maestros, yo soy la suma de todos ellos, la suma de sus esfuerzos, sueños, esperanzas y pasiones; sólo le ruego a la vida poder responder adecuadamente ante tan altos ideales, a toda su vida de esfuerzo por mí.

El verdadero maestro lo es de una vez y para siempre, lo será en la escuela y lo seguirá siendo fuera de ella, lo será en los años escolares y lo continuará siendo mientras tenga vida; para sus alumnos, a pesar de los años y el tiempo transcurrido, seguirá siendo “su” maestro, y si fue dedicado en su labor seguirá siendo escuchado con respeto y atención por sus discípulos aun siendo éstos unos cincuentones y él ya un anciano. La autoridad de quien con cariño y esfuerzo te formó prevalecerá a través del tiempo.

Esta labor de entrega y amor a quien se educa, como todas las cosas de este mundo, llegará a su final algún día y es entonces cuando los maestros se verán cara a cara con el Maestro de Maestros; será cuando el Maestro de la Vida con amor los reciba diciendo: “Venid benditos de mi Padre”, adelante, pasa, “siervo bueno y fiel entra en el gozo de tu Señor”.