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Hace muchos años una maestra llevó su automóvil al taller, donde vio a un joven mecánico que la miraba fijamente y ella le sonrió, él permaneció con una expresión helada, lo que la desconcertó; al regresar por su automóvil, el joven se le acercó y la llamó por su nombre, ella le dirigió una sonrisa y le preguntó si la conocía, el mecánico, con una mirada inexpresiva, le respondió que sí, que ella había sido su maestra y había dicho que él no tenía capacidad para continuar estudiando y el sistema educativo lo había canalizado a un taller para aprender un oficio; ahora por culpa de aquélla se encontraba en ese taller.

Independientemente de que el juicio haya sido justo o no, hay algunos aspectos interesantes de ser considerados en esta historia; tendemos a creer que las palabras se las lleva el viento, pero la realidad nos demuestra a cada momento que no es así; las palabras son poderosas, en el momento propicio dejan una huella indeleble, encauzan vidas o las envían al despeñadero. Pudiera creerse que esto sería conceder demasiado poder a las palabras, pero múltiples ejemplos a través de nuestras vidas nos pueden demostrar que no.

Recuerdo la anécdota de un amigo que siendo niño estaba en una fiesta con sus padres, mientras todos los padres presumían los logros de sus hijos, el logró escuchar a su padre decirle a su madre: ¿Te has dado cuenta, negra?, solo a nosotros nos tocaron los pendejos. Más de medio siglo ha pasado desde entonces, sin embargo a mi amigo aún le duelen esas palabras, todavía las vive como si su padre las acabara de pronunciar.

Podemos destruir mucho con nuestras palabras o podemos construir mucho con ellas, en este sentido debemos sopesar a qué queremos dedicar nuestra vida. Si sabemos buscar en los demás los aspectos positivos que poseen, nuestras buenas palabras hacia ellos los ayudarán a construirse de una manera exitosa, si, por el contrario, solemos poner nuestra mirada en los aspectos negativos, lo más probable es que contribuyamos muy poco al desarrollo de quienes nos rodean. No pretendo con esto negar la importancia de la crítica y la corrección de nuestros errores, la verdad hay que decirla claro, pero la verdad es menos buena cuando se dice sin piedad y con la única y deliberada intención de restregarle en la cara al otro sus errores.

El que se nos señalen nuestros yerros es parte importante de nuestro crecimiento personal, pero debemos recordar siempre que es mucho más fácil construir sobre nuestras fortalezas que sobre nuestras debilidades. Las fortalezas están en nosotros para ayudarnos a construirnos mejor; si sabemos detectar esas fortalezas en los demás y las expresamos a través de nuestras buenas palabras este mundo será sin duda mucho mejor.