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Como quizá todos los medios impresos del mundo, el periódico local que compramos todos los días trae en su portada el recuento de los nuevos contagiados por coronavirus y los muertos de la víspera: “sólo” 20, mucho menos que los 35 que hubo en dos o tres días de las últimas dos semanas. Ya pasó lo peor, nos dice el alto funcionario en la mañana tratando de animarnos, pero en la tarde o noche tiene que reconocer que todavía quedan muchos problemas por resolver. La pandemia, los apuros económicos, la inclemente violencia criminal que a diario arrebata decenas de vidas...

Tratamos de fingir que la amenaza de la enfermedad no está en las calles a las que tenemos que salir, pero sabemos que lo peor no ha pasado, sino, al contrario, está por venir.

Un destacado músico nos dice que estos momentos en que nos azota el Covid-19 serían ideales para aplicar la empatía, es decir, la capacidad de entender que los otros igual que nosotros necesitan ayuda, y que antes de pedir que nos entreguen más apoyos, deberíamos observar si nuestros prójimos no los necesitan más, y si es así, cedérselos.

Pero parecería que la pandemia lo que más nos ha dejado es una creciente insensibilidad, que hace incluso que las cifras de muertos nos parezcan el marcador de un partido de béisbol o de baloncesto. No percibimos plenamente que se trata de personas que como usted o yo eran parte de una familia, y quizás el sostén de ésta.

Nos gustaría decir que saldremos de la pandemia fortalecidos, con un carácter más sólido para enfrentar cualquier problema, con una nueva visión que nos permitirá detectar a todos aquellos funcionarios y políticos que durante décadas han robado el dinero que debía haber servido para construir la infraestructura e instalaciones, y adquirir los bienes y servicios suficientes para enfrentar con el menor de los daños cualquier problema o contingencia, como este coronavirus.

En lugar de eso nos encontramos, contra lo que afirman quienes gobiernan, que en los hospitales públicos (e incluso en los privados) escasean las camas y los equipos de ayuda a la respiración que se requieren para atendernos.

Además, muchos hacemos caso omiso de las advertencias oficiales con que nos insisten en que apliquemos prevenciones básicas como lavarnos frecuentemente las manos, usar cubrebocas y guardar la sana distancia, todo para prevenir contagios. Muchos no sólo no hacen caso a esos ruegos, sino que además se burlan o afirman que la enfermedad ni siquiera existe. Quizás no, pero sigue matando gente.

Por todo eso creemos que no, que lo peor no ha pasado, sino que está por venir, y quizá lo confirmaremos cuando, muertos ya “los que se tenían que morir”, y ya casi desaparecido el mal, nos demos cuenta de que seguimos siendo casi los mismos de siempre, que la muerte de miles de personas no nos enseñó prácticamente nada. Ojalá no sea así, pero…