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Cada vez que escuchamos la palabra enfermedad, lo primero que viene a la mente es la imagen del especialista expidiendo una receta. Poco reparamos en los potenciales consejos que reduzcan la posibilidad de ser víctimas de múltiples dolencias.

Los avances médicos han sido irrefutables. Hasta hace 50 años era impensable visualizar el interior de un cerebro, a menos que se realizara una cirugía de cráneo. Mucho menos esperaríamos poder desentrañar en poco tiempo el origen y estirpe celular de un tumor canceroso que hasta no hace mucho era sinónimo de muerte. En los años 70’s, pensaríamos que lo de las terapias biológicas para la artritis deformante, los trombolíticos para los infartos en etapas iniciales o el uso de tecnología de punta, como el acelerador lineal que evita “quemar” todo el cuerpo para reducir o achicar un cáncer, formaban parte de alguna obra de ciencia ficción del hijo de Nantes, me refiero al francés Julio Verne.

Si bien con todo lo mencionado hemos logrado prolongar las esperanza de vida y mejorar las condiciones del cuerpo humano, la pregunta crucial que como sociedad debemos hacernos es: ¿cuál ha sido nuestra participación para sumar esfuerzos y reducir la posibilidad de enfermarnos? Dejar que nuestro cuerpo se quebrante y vivir limitados para despertar lástima es imperdonable y por demás lamentable.

La vida moderna se caracteriza por buscar el máximo beneficio con el mínimo esfuerzo, pero se nos olvida que en salud las cosas se construyen y se logran con dedicación y perseverancia. Tan es así que inconscientemente todo lo queremos resolver con “una pastilla mágica”, y así tenemos al que quiere bajar de peso, al que padece de la presión, al que tiene diabetes o al bronquítico fumador, por no dejar de citar. Muchos de los anteriores ansían que los avances tecnológicos nos provean de la panacea, cual producto “milagro”, y logren curar su mal sin dar un golpe.

No mi estimado lector, “no todo es pastilla”. Hay que educarnos, leer, buscar orientación, realizar ejercicio, cuidar nuestra alimentación, manejar el estrés, dormir con calidad y promover valores que permitan evitar la enfermedad. Tenemos que invertir en el capital más importante del ser humano, la salud. ¡Cuesta trabajo¡, claro que sí, pero bien lo vales. Desafortunadamente, por experiencia, tarde nos damos cuenta.

No vale que en pleno siglo XXI toda la responsabilidad de paliar o curar una enfermedad recaiga sobre el experto. Estoy de acuerdo con exigirle oportunidad y certeza diagnóstica, pero en el fondo, con honestidad, madurez y sinceridad, debemos preguntarnos: ¿qué hago todos los días para no enfermarme? Recuerda que eso de recuperar la salud es trabajo en equipo (médico-paciente), pero la piedra angular seguirá siendo la prevención, y ésta va más allá de una “simple pastilla”.