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Recuerdo, con la gracia que sólo los años otorgan, la sentencia de uno de mis profesores de la universidad que sin mayor reparo confesó ante todo el grupo del tercer semestre de Literatura Latinoamericana que de nada nos serviría leer nuestros poemitas en tertulias de dos pesos; que la Literatura era de ellos, de los grandes: uno o dos Flauberts que se asoman cada medio siglo en la cosmogonía editorial.

Recuerdo haber presenciado el enojo y la tristeza en el rostro de mis compañeros y en el mío, ya que, al igual que una cofradía, creíamos guardar celosamente el secreto de la creación literaria.

Pido una disculpa por el berrinche académico, pero me parece increíble, ahora que sostengo entre las manos el libro “Trayectos” de la joven narradora Yare Ávila, que en algún momento la voz del canon nos haya intentado callar con el viejo truco de la condescendencia.

A pesar de su modesta aparición, los cuentos cortos de este breve ejemplar, producto del taller de la escritora Melba Alfaro, nos recuerdan que los primeros intentos suelen ser también los más hermosos. Debemos mandar un ratito a la banca los largos monólogos de Juan García Ponce. Enviar, parafraseando al Perro Bermúdez, a la congeladora los espectaculares paisajes de Ermilo Abreu o el sonsonete de Mediz Bolio. Detengámonos un instante nomás a contemplar la escritura de la autora de “Trayecto hacia la muerte”, que, a manera de diario, nos teletransporta a las pantanosas tierras del purgatorio. En total son nueve relatos disfrazados de falso humor, que, ensimismados en un tierno núcleo, nos enfrentan a un viaje inmóvil.

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Hace un par de meses decidí, al igual que un alcohólico consumado, regresar a mi grupo de apoyo. Decidí, en pocas palabras, retornar a mi primer taller de narrativa. Con la renuencia de quien no quiere abandonar el inconsolable vicio de la escritura solitaria, descubrí la aparición de un puñado de nuevas voces; sin embargo, entre ellas, brilla por su joven audacia la de Alexis Álvarez, un chico a quien se le da (como diría el poeta Eduardo Casar) el extraño arte de las grandes maniobras en pequeños movimientos.

Las minificciones de Alexis crecen de a poquito en el libro “Incidentes”, producto de Hipogeo Taller de Cuento. En sus escasas seis hojas habitan, entre tiernos fantasmas, hormigas funerarias y músicos paranoides. Acepté el viaje desde el inicio, me fui de picnic sin mayor asedio que la noche. Los misterios de la lluvia me fueron revelados a través de tiernas inundaciones.

Las minificciones son migajas de un mundo, al que por decreto universal se nos ha negado el acceso. Sólo unos cuantos nocturnos encontrarán en ellas el bálsamo de la precisión y la buena prosa.

Confieso que he pasado las últimas madrugadas leyendo, taciturnamente, el relato “Diluvio”, en el que aún no descubro el truco de magia. Culpa del calor o de la velocidad de su argumento. No lo sé, pero agradezco el detalle.