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Una tarde, sentados bajo la sombra del roble ubicado frente al Templo del Adivino en Uxmal, entablamos una plática con una sabia mujer, doña Sebastiana, sobre los saberes de los abuelos. Recordamos que antes los hijos y los nietos escuchaban con atención las experiencias de los abuelos. Hoy los hijos y los nietos dicen que solamente son cuentos y que nada es verdad.

Sin embargo, muy atento seguí la narración de doña Sebastiana que hablaba acerca de un señor que con regularidad se lavaba los pies, bañaba a su hijo, lo talqueaba y salía a pasear con el niño hacia el pueblo de Bacab; en realidad iba visitar a la xk’ech (la amante). Esto lo hacía muy seguido, pero un día, al llegar a la casa de la mujer, antes de entrar, miró a través de una rendija de la ventana y vio una cosa acostada en la hamaca. Era un ente que tenía las uñas muy largas y filosas, de la boca le salían unos colmillos largos y ganchudos y mostraba una gran panza que sobresalía de la hamaca.

El hombre sigilosamente se alejó de la ventana y luego arrancó a correr sin parar hasta llegar a su casa en el pueblo de Dzitbalché. Estaba con la ropa empapada de sudor y aterrorizado, temiendo que ese Ba’abal lo alcanzara y se lo comiera. Después de esa horrorosa experiencia, aquel hombre nunca más regreso a ver a la xk’ech.

Tras concluir la narración, Sebastiana me pregunta: ¿que habrá pasado? Ella misma contesta con varias respuestas: ¿tuvo una ilusión óptica o realmente la xk’ech era un Ba’bal?; también dicen que de esa manera la mujer fue castigada, convirtiéndola en Ba’bal por el hecho de ser una xk’ech. Si el hombre hubiera entrado en la casa lo hubiera comido el Ba’abal.

Comenta: hay muchas cosas y saberes de los abuelos, que mucho conocimiento acumularon a lo largo de sus vidas porque ellos sí que sabían muchas cosas y entendían lo que pasaba en su entorno.

El abuelo de Sebastiana murió al cumplir los ciento diez años, ella tenía catorce años cuando aquél falleció. Hoy la mujer tiene setenta y dos años, y aún recuerda las largas pláticas que tenía con el abuelo y señala que los nietos no creen en las cosas antiguas que les comenta, pero insiste en que tiene que transmitirles esa sabiduría.

En realidad, Sebastiana cumple con esta labor, la de transmitir sus conocimientos, porque, platicado con su hijo Rafael, más conocido como “el Chivito”, éste me ha narrado la misma historia del Ba’bal, tal como la platica doña Sebastiana.