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Hace algún tiempo platicamos con campesinos que durante años se han dedicado a producir miel de abeja melipona (el insecto que carece de aguijón); estos apicultores son del poblado de Santa Elena, del poblado de Maní y de la ciudad de Oxkutzcab.

Nos comentaron que hubo una época en que obtenían una buena cosecha con la floración del tajonal (taj, sak xo’ xiiw, en maya). Claramente recuerdan su labor y con emoción describen que con anticipación cortaban las plantas de esta herbácea que crece en toda la península de Yucatán, para que al llegar el mes de diciembre esta planta se reprodujera multiplicándose de tal manera que con su floración de tal magnitud todo el campo se veía amarillo muy bonito, cubierto con pequeñas flores de encendido color y con miles de abejas libando el néctar.

Muchos años después, con la llegada de la abeja europea, se complica la competencia, por lo que la población y la producción de la abeja melipona disminuyeron. Otro factor que también afectó a la abeja melipona fue el uso de pesticidas, que dañó la floración y sobre todo que acabó con los bejucos como el kalbu’l y el tzo’olen ak’ que con su floración generaban néctar que libaban las abejas.

Hace muchos años, había una muy buena producción de miel, porque el trabajo de limpieza en las milpas y en los campos de cultivo se realizaba deshierbando y chapeando con la coa, no con productos químicos que les causan la muerte a vegetales y animales.

Nos describen que los jobones (troncos huecos, redondos, de 25 o 30 cm de diámetro por 40 cm de largo, con tapas de lodo y zacate en los extremos y con agujeros pequeños al frente por donde acceden las abejas para almacenar la miel) se colocaban debajo de una techumbre de palma sostenida sobre cuatro horcones. Debajo del techo se colocaban dos pares de maderas unidas en la parte superior en tanto que los otros extremos estaban abiertos y apoyados en el suelo formando una “A” sobre la que se colocan los jobones, apilados unos encima de otro, hasta completar juegos de tres o cuatro en una fila, de esta manera las meliponas quedaban protegidas del sol y de la humedad.

También era muy importante hacer el ritual del saka’, que consiste en preparar una bebida de maíz endulzado con miel. Se servía en cinco jicaritas que se colocaban en cada esquina u horcón y una quinta en el centro. Después de la floración se hacía la cosecha y nuevamente se realizaba el mismo ritual para agradecer al dueño del monte y a los dioses por permitir la floración de las plantas y haber logrado una buena cosecha; esto se hacía antes que el humano probara la miel extraída.