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Se dice: “Eres lo que piensas” y la pregunta surge: “¿Qué es lo que pienso?”. Los pensamientos se forman con lo que percibimos a través de los sentidos que están conectados a la mente. Todo lo que vemos, escuchamos, olemos, sentimos y gustamos mueve a la mente. Por esto, si quieres paz, utiliza los ojos, oídos y la boca con cuidado y precaución. Los pensamientos también surgen de las impresiones que se han grabado en nuestro subconsciente. Los negativos pueden ser de acontecimientos del pasado. El 80% de la información que recibimos nos llega por la vista y el oído. Un dicho oriental es: “La mente es un templo sagrado al que sólo debe permitirse entrar a lo que es limpio y positivo”. Tenemos un guardián: el intelecto, que tiene la sabiduría y la capacidad de discernir entre lo benéfico y lo perjudicial, lo verdadero y lo falso.

Hay que entender que tú y yo no somos nuestros pensamientos sino que ¡nosotros los creamos! Así que podemos observarlos y conservarlos o desecharlos. Mucho se habla de la percepción y hay que saber lo que la crea: la memoria, los recuerdos, las experiencias, las creencias, los valores, las personas, los lugares, las situaciones y el tiempo; las creencias y las experiencias. Ejemplo: si alguien cree que una raza es mejor que otra, esto se graba en el subconsciente y ese pensamiento forma parte de su percepción del mundo, identificándose con esa creencia.

Con la percepción se puede desarrollar una idea más clara de uno mismo. No es la imagen que vemos a diario en el espejo y cómo aparentamos ser externamente: físicamente, edad, etc., que no tiene que ser la base de nuestra autoestima. ¿Cuál es la imagen de nuestro ser interior? ¿Cómo nos estamos observando? Hay que conocer la consciencia del ser, de uno mismo: ¿Quién soy? Puede ser que vivas en familia, que tengas un negocio o practiques una profesión; cumplas con compromisos y responsabilidades y, ¿cuál es tu consciencia mientras realizas esos roles, esas tareas?… el esfuerzo está en saber cómo te percibes a ti mism@.

Hemos sido educados y condicionados para percibir todo lo externo: el tiempo, otras personas, noticieros de T.V., sin embargo, lo último es la percepción de uno mismo. Así perdemos la conexión con la propia felicidad, el equilibrio, la paz, nuestro ser. Cuando restablecemos la percepción de nuestra identidad verdadera, somos capaces de reconocer las falsas creencias acerca de nosotros mismos que han echado raíces en nuestro interior. Es fascinante emprender ese viaje al interior para que nuestra percepción capte la belleza de nuestro ser, sus posibilidades, sin distorsionar o alterar lo que sí somos: “Un ser humano maravilloso, único, irrepetible e insustituible y con libertad para ser cada día mejor”.

¡Ánimo!, hay que aprender a vivir.