11 de Diciembre de 2018

Opinion

Don Carlos Daniel Osorio Cosgaya, una vida dedicada al arte

El Poder de la pluma

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Por Leonel Escalante                                                                                                                Valladolid, a lo largo de la historia, ha dado ilustres y destacados personajes que lucharon por el noble ideal de su engrandecimiento. Hoy, en el convulsionado siglo XXI y a 475 años de su fundación, nuestra bella Sultana del Oriente se yergue como una pujante capital cultural, turística y comercial en el oriente del estado. Somos muchos los que admiramos y nos emocionamos por esos capítulos tan llenos de gloria en donde sus hombres y mujeres la defienden con desmedido pundonor.

Y si hablamos de personajes notables que le dan nombre y prestigio, pues qué mejor que homenajear en estas líneas a un notable músico, gran amigo y que es, además, extraordinario artista del pincel: don Carlos Daniel Osorio Cosgaya.

Son pocas las personas que, como él, aportan tanto a la tierra a través de diversas actividades y esto, por supuesto, por todas esas virtudes y dones que nuestro Padre derramó sobre él.

En otro momento he hablado de su trayectoria musical tan reconocida y aplaudida, como cuando celebró 60 años de una impecable carrera al lado de lo que ya es un ícono en la música de trova en Yucatán: el conjunto Los tachos, agrupación que ha llevado el nombre de Valladolid a otras latitudes.

Lo que hoy quiero compartir es mi admiración a un verdadero artista del pincel que, de manera discreta, ha dejado un importante legado para la plástica yucatanense.

Con las incipientes lecciones en su niñez de maestros que, más que técnica, hicieron despertar en él una vocación con innegable sensibilidad y talento para esta hermosa tarea que hasta hoy alimenta su vida.

Son incontables los retratos que ha pintado, bajo encargo de gente que desea ser inmortalizada a través de los colores de su singular paleta: rostros traviesos de niños, artistas y trovadores, políticos encumbrados, familiares muy queridos y clérigos inolvidables, también hermosos paisajes del terruño que hoy cuelgan de tantas paredes hogareñas, cual galerías, que no solo adornan sino rinden también merecido homenaje a nuestro querido amigo.

En 1963, pintó, para embellecer más aún el retablo estilo barroco de la iglesia de La Candelaria, cinco óleos que fueron encargo del Pbro. Edesio Pech Sanmiguel, sacerdote muy estimado y de grandes recuerdos para muchos. Hubo que dejar a un lado obras y rótulos pendientes para poder trabajar en dicho compromiso y convocar también a algunos amigos como Víctor Loría, Antonio Kantún Osorio y los hermanos Lenin y José Isabel Rosado Castro, ya que no eran solamente los óleos, sino la restauración completa del abandonado retablo.

El trabajo fue meticuloso y de mucha paciencia, aplicando, primero, esmalte azul sobre las paredes de madera, color que hacía resaltar los adornos tallados que fueron después trabajados con hojas laminadas de color de oro.

El momento que nuestro artista recuerda con profunda emoción es cuando coloca sus pinturas en el recién restaurado retablo: en la parte superior “El corazón de María, traspasado por una espada”, del lado izquierdo “La Anunciación” y “La Boda de María y José” y, del lado derecho, “Jesús ayudando a su padre José, el carpintero” y “La presentación del Niño Jesús en el templo”.

Cuando el trabajo terminó y el Padre Pech aprobó el gran esfuerzo y laboriosidad de don Carlos, hubo, según nos cuenta, un verdadero día de fiesta en esa celebración donde se pudo admirar la majestuosidad de aquel retablo que es una hermosa joya de nuestro patrimonio tangible y que fue rescatado en octubre de 2010 por la asociación Adopte una obra de arte, sin que estos trabajos incluyeran tan siquiera el retoque de dichos óleos, dada su impecable conservación.

Son cincuenta y cinco años de la obra plástica en ese mariano rincón del barrio de La Candelaria, santuario y hogar de nuestra Virgen de la Candela, inmaculada imagen que alumbra el camino de hombres buenos llenos de fe como lo es don Carlos Daniel, que es ejemplo, desde hace muchos ayeres, de tenacidad y sencillez en la querida y festejada ciudad de Valladolid.

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