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El tiempo no perdona y se convierte en un hecho irremediable que día a día va dejando rastro de lo rápido que suele transcurrir y lo difícil que se vuelve en algunas ocasiones poder seguir el ritmo del paso marcado. El mundo actual es así porque los que nos desplazamos en él lo permitimos y somos de ésa forma, todo a prisa, sin pausa, sin continuación, que al final se traduce en un círculo vicioso sin fin. La mente trabaja a mil por hora mientras que vamos dejando de lado lo que realmente es importante, dando como resultado, el hecho de abrirnos a un abismo de insatisfacción donde se suele dejar todo inconcluso y se inician acciones sin haberle puesto un verdadero término a otras tantas.

Al final de la penumbra llega el momento de lucidez, donde, al abrir los ojos, nos damos cuenta de que nos estamos convirtiendo en esclavos de nuestro propio destino, y, este peligroso comportamiento, sólo origina que la vida poco a poco se nos escurra por las manos sin obtener mayor remedio, pues comenzamos a conducirnos para los demás y por lo demás perdiéndonos en un viaje del que nadie nos regresará a nuestro centro, a nuestra esencia y por lo que realmente deberíamos de luchar.

Todo implica un orden específico que debe de ir acompañado del hambre por salir adelante y ser mejores de lo que creemos podemos llegar a ser sin temor alguno a intentarlo. Sin embargo, cuando el sentimiento de apatía y desesperación embargan el interior, sólo puede significar que el rumbo de lo que se debe implementar se encuentra completamente perdido, el corazón propio se está apagando y el espíritu ya no es ni la sombra que se proyecta en el suelo; entonces, sucede lo inevitable: todo estalla y se desborda con tanta fuerza que el propio ser humano se desconoce a sí mismo y se transforma en un individuo tan vulnerable poseyendo la misma fragilidad de aquella pequeña rama que acaba de emerger de la tierra, aquella que no logra sobrevivir ante la inminente tempestad del exterior.

Respirando profundo se consigue la calma y poniéndole una pequeña pausa a nuestro alrededor lograremos no claudicar más. Por lo tanto, es importante el no olvidar que nuestros espíritus son pequeñas aves volando en cada rincón del interior tan majestuosamente como el propósito que venimos a cumplir a éste mundo. Por ello, permite que canten con tanta fuerza que te proporcionen la voz para marcar los límites y abre cada jaula que te encierre para tocar tu verdadera felicidad, pues no es un acto de egoísmo sino el simple hecho de poder sentirte de nuevo un ser humano. Es así como se logra descubrir que no hay fuerza más grande que aquella que nos vuelve valientes y nos ayuda a emerger de la tormenta por muy feroz que parezca, pues no existe nada que te pueda derrumbar. Respira de nuevo profundamente sin prisa, envuelve tu mente en el silencio y agrega poco a poco ese calor que tanto le hacía falta a tu corazón.

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