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Cincinnati es el libro donde más se desnuda el autor. Personalísimo, sí; una obra de madurez creativa, también. Se percibe al escritor cómodo en su propia piel, sin que por ello deje de explorar los límites de su producción poética, yendo siempre más allá tanto en forma como en fondo. Iris se ha formado al abrigo de la poesía latinoamericana, ha leído a Gastón Baquero y Alí Chumacero, denotando en su lírica la amplitud de miras que alimenta su bagaje literario.

En poemas como “Son”, el autor demuestra que ha abrevado de la música popular, al poner un epígrafe del salsero Héctor Lavoe: “Odio a todos los que aman/ y que felices están”, extraído de la pieza Qué lío. Más adelante, en el titulado “Victoria del amor”, me parece detectar una lejana influencia de José Alfredo Jiménez, el gran poeta del pueblo, aunque en el epígrafe hace referencia al venezolano Rafael Cadenas. Esto se nota sobre todo en el uso del “yo” y en los versos que rezan lo siguiente: “Que todavía sostengo que el amor existe/ que he sido amado, odiado y olvidado por la mujer más justa/ que me río de mí”.

“Nueva nieve” es la parte más breve, se compone de tres poemas inscritos en la tradición del Walden de Thoreau al hacer una elegía a la pureza del mundo natural. Por otro lado, “Poemas escritos en Ludlow Avenue”, que cierra la publicación (aunque en el índice hay una errata que dice Cliffton Avenue), enseña un aspecto poco explorado en sus libros; aquí algunos de los poemas contienen una evidente carga política, aunque hay un verso que lo refuta: “Ya no hace falta ideología ninguna/ para ser contestario: es suficiente/ vivir con dignidad”.

Estos poemas son los más inconexos del libro, pues las temáticas no necesariamente se imbrican entre sí. Lo mismo aluden a su condición de inmigrante que a la añoranza idílica del pasado, la preocupación social en la era de Trump que un brindis por la amistad.

Contiene dos de los más logrados: “Arte poética” y “Soy de aquí”. El primero evoca el minimalismo del haikú y el asombro de una revelación estética; el segundo es una declaración, el poeta campechano-yucateco-norteamericano no es más un ser errante, ha dejado Ítaca para encontrarla, ha hallado una ciudad que lo habita y viceversa; al asumirlo, se da el descubrimiento: el hogar es donde uno está.

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