22 de Septiembre de 2019

Opinion

La razón

El poder de la pluma

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Muchos años han pasado desde que el ser humano decidió entenderse con sus iguales; teorías e hipótesis se acumularon para entender el proceso de socialización de quienes hoy dominan, hasta cierto punto, la sobrevivencia por encima de las demás especies.

Filósofos, científicos e historiadores invirtieron tiempo para producir argumentos que permitieran la armonía, todas las proposiciones hicieron posible que los enfrentamientos físicos fueran disminuyendo hasta un punto en el que la comunicación fuera la herramienta principal para disolver las diversas controversias.

Poco a poco, se fue demostrando que lo mejor para la especie humana fue encontrar acciones que fortalecieran el bien común, aquel que tiene como efecto principal el bienestar universal.

Superamos los sucesos violentos generalizados, en los que los enfrentamientos de todos contra todos se fueron convirtiendo en desencuentros de unos con algunos y se fueron concibiendo los distintos pueblos, generando a partir de ahí el surgimiento de la mayoría de las naciones que hoy existen.

No se puede dejar de mencionar que, a pesar de que en la actualidad la tendencia es a fortalecer aquella denominada época de luz, convertida hoy en universalidad de los derechos humanos, aún persiste la ley del más fuerte.

Las circunstancias de mayor peso han sido aquellas relacionadas con la creencia, con la riqueza, con el poder en cualquier vertiente y por supuesto con la capacidad de hacer la guerra.

Sin embargo, el dominio de los hombres por los hombres logró tomar diversas aristas, por un lado pasamos de la etapa de la sobrevivencia individual a la sobrevivencia de todos; aun con eso, surgen enfrentamientos entre las naciones, entre los pueblos y sobre todo entre los iguales.

Es así como encontramos el incremento en el número de personas dedicadas a romper el orden, violentar la ley, agredir una u otra vez la legalidad. Situación que hace ver este escenario como un suceso asemejado a cuando corre la pólvora al ser encendida por todos los rincones de nuestra nación, tal como una regla obligada.

No obstante, la excepción aún prevalece en lo que parece ser una isla, en la que la vorágine de sucesos no logra derribar la convivencia. Es así como Yucatán se aferra al uso de la razón, al entendimiento y a la solución.

Pero los acontecimientos y los comportamientos individuales no dejarán de insistir en quebrantar tal condición, es aquí donde nos debemos preguntar si lo que sucede logrará mantenerse o corromperse.

La reflexión: ¿es suficiente la cantidad de veces que usamos la razón para resolver nuestras diferencias o existe la necesidad no solo de mantener esa proporción sino aumentarla?

Muchos años han pasado desde que el ser humano decidió entenderse con sus iguales; teorías e hipótesis se acumularon para entender el proceso de socialización de quienes hoy dominan, hasta cierto punto, la sobrevivencia por encima de las demás especies.

Filósofos, científicos e historiadores invirtieron tiempo para producir argumentos que permitieran la armonía, todas las proposiciones hicieron posible que los enfrentamientos físicos fueran disminuyendo hasta un punto en el que la comunicación fuera la herramienta principal para disolver las diversas controversias.

Poco a poco, se fue demostrando que lo mejor para la especie humana fue encontrar acciones que fortalecieran el bien común, aquel que tiene como efecto principal el bienestar universal.

Superamos los sucesos violentos generalizados, en los que los enfrentamientos de todos contra todos se fueron convirtiendo en desencuentros de unos con algunos y se fueron concibiendo los distintos pueblos, generando a partir de ahí el surgimiento de la mayoría de las naciones que hoy existen.

No se puede dejar de mencionar que, a pesar de que en la actualidad la tendencia es a fortalecer aquella denominada época de luz, convertida hoy en universalidad de los derechos humanos, aún persiste la ley del más fuerte.

La sobrevivencia individual dio cabida en el principio del hombre a que aquel que tuviera la fuerza física fuera quien dominara a los demás, tal situación de dominio aún no desaparece, solo muta y se transforma conforme las circunstancias cambian.

Las circunstancias de mayor peso han sido aquellas relacionadas con la creencia, con la riqueza, con el poder en cualquier vertiente y por supuesto con la capacidad de hacer la guerra.

Sin embargo, el dominio de los hombres por los hombres logró tomar diversas aristas, por un lado pasamos de la etapa de la sobrevivencia individual a la sobrevivencia de todos; aun con eso, surgen enfrentamientos entre las naciones, entre los pueblos y sobre todo entre los iguales.

Hoy el miramiento o consideración que nos mueve a portarnos de cierto modo en la sociedad civil y por medio de lo que se podrá juzgar o pensar parece perder sus fuerzas.

Es así como encontramos el incremento en el número de personas dedicadas a romper el orden, violentar la ley, agredir una u otra vez la legalidad. Situación que hace ver este escenario como un suceso asemejado a cuando corre la pólvora al ser encendida por todos los rincones de nuestra nación, tal como una regla obligada.

Sin embargo, la excepción aún prevalece en lo parece ser una isla, en la que la vorágine de sucesos no logra derribar la convivencia. Es así como Yucatán se aferra al uso de la razón, al entendimiento y a la solución.

Pero los acontecimientos y los comportamientos individuales no dejarán de insistir en quebrantar tal condición, es aquí donde nos debemos preguntar si lo que sucede logrará mantenerse o corromperse.

La reflexión: ¿es suficiente la cantidad de veces que usamos la razón para resolver nuestras diferencias o existe la necesidad no solo de mantener esa proporción sino aumentarla?

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