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Los calendarios son como las fronteras. En realidad no existen, pero determinan la manera en la que circulamos por el mundo. La vida como la conocemos está suscrita bajo una serie de normas. Acuerdos intrínsecos a nuestras costumbres y culturas. A ese extenso y diverso compendio global de todas las diferentes idiosincrasias coexistentes que encuentran en muchos casos puntos en común sobre los cuales se construye nuestra realidad.

Conceptos que en muchos casos son inexistentes en un sentido estricto, pero que forman parte de esa base incuestionada de realidad que en realidad podríamos distinguir como el resultado de un proceso histórico en el cual hemos ido en conjunto, alcanzando estos acuerdos para definir los parámetros con los que habremos de ordenar nuestras vidas.

Cosas tan simples como el dinero, el horario, la propiedad, no son más que ideas estandarizadas que nos permiten darle una estructura al camino de nuestra existencia. Después de miles de años de crecimiento y desarrollo, los humanos fuimos construyendo sistemas alrededor de estos conceptos inexistentes.

-“¿Cómo se hace para que la gente crea en un orden imaginado como el cristianismo, la democracia o el capitalismo? En primer lugar, no admitiendo nunca que el orden es imaginado”.- Escribió Yuval Noah Harari en su fantástico libro “Sapiens”.

De todas estas ides, hay una que me ha estado acompañando de cerca los últimos meses. Que le ha dado peso al transcurrir de mis días y ha influido sustancialmente en mi estado de ánimo, haciéndome sombra, guiándome. Tal vez fui yo mismo quien se fue sugestionando a los números del calendario.

Supongo que es naturaleza humana cuando experimentamos un derrumbe en nuestra vida, que buscamos cualquier cosa que nos devuelva el sentido de control sobre nuestro destino. Conmigo esa reacción se reflejó en un calendario. Cuando murió mi padre, hice una lista de todas las fechas importantes de futuro cercano: cumpleaños, aniversarios, navidades, todos y cada uno de ellos los marqué y traté de prever hasta el menor de los detalles para estar listo para los furiosos embates de la tristeza compartida.

Así fui preparando mi calendario para recibir el primer mes de su ausencia; el segundo, el décimo… Y al mismo tiempo también me estaba predisponiendo a sentir y experimentar todo lo que pensé que traería cada una de esas fechas.

No lo escribo a modo de rechazo, porque sin duda, en el momento me sirvió para atravesar un período confuso y complicado. Hoy, con la incuestionable ventaja que me da el tiempo y la distancia me doy cuenta de que el calendario promovido por el papa Gregorio XIII, no tendría nada que debiera influir en mis emociones de un día u otro. No es más que un acuerdo entre personas que hace 500 años quisieron darle un sentido de orden a nuestras vidas. Un sistema efectivo, sin duda, aunque ese no sea el punto.

Somos seres peculiares los humanos. Buscamos la seguridad del control en conceptos inexistentes. Encontramos sentido de pertenencia y orden que nos permite vivir en conjunto las ilusiones compartidas que nos dan identidad.

Ocho mil millones de personas flotando en una roca, emocionadas y dispuestas a celebrar juntos cada nueva vuelta alrededor del Sol. Es lo que somos y yo, por mi parte, celebro que así sea. 

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