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La pandemia ha provocado que nuestras formas para comunicarnos sean prioritariamente a través de lo virtual, el aislamiento también ha ocasionado que probablemente en estos meses no hayamos tenido muchas conversaciones y charlas en persona como antes. Todo esto da como resultado que tengamos dos actividades verdaderamente esenciales desde que amanece hasta la hora de dormir: leer y escribir, o hablar y escuchar, según sea el medio por el cual nos comuniquemos.

Con el inicio del ciclo escolar lo anterior se ha hecho más evidente, sobre todo la precariedad de nuestro dominio del lenguaje para comunicarnos de manera eficaz que implica, por un lado, que quien emite un mensaje lo haga de manera adecuada, con las palabras precisas y la idea clara, y por otro, que el receptor lea adecuadamente y logre decodificar el mensaje de manera acertada. Suena sencillo, pero no lo es, pues las múltiples formas que tenemos ahora para comunicarnos y, sobre todo, la inmediatez con la que queremos esa respuesta se ha vuelto como una necesidad imperante; y pienso en la paciencia que debieron tener nuestros ancestros para esperar meses la respuesta de una carta que, incluso, pudo nunca haber llegado, y lo ansiosos que vivimos ahora porque sabemos en tiempo real si nuestro mensaje ha sido leído, si nuestra llamada fue ignorada y un sinfín de formas que nos abruman por la cantidad de información recibida al día y que somos incapaces de procesar de manera adecuada.

Leer y escribir, hablar y escuchar han sido en realidad actividades esenciales desde siempre, y lo seguirán siendo en tiempos de postpandemia, sólo que esperemos ser más conscientes de la necesidad de un mayor compromiso con la lectura y su relevancia como práctica social y personal.

Los docentes dicen que los papás y los alumnos no leen, lo cierto es que la gran mayoría de las personas en general no lo hace, y no hablamos de una lectura como hobbie o recreativa, porque ese es otro tema, sino el acto en sí de leer desde una señal,cartel, mensaje, aviso o una instrucción; estamos tan apurados o poco dispuestos en realidad a escuchar al otro, porque leer es una forma de escuchar, que de ahí se deriva una serie de actitudes penosamente exhibidas en redes sociales, por ejemplo, de personas que ofenden y hasta agreden al personal de vigilancia de establecimientos públicos porque no leen las instrucciones que hoy están por todos lados y debemos seguir como ciudadanos por protección propia y de los demás.

Creo que en estos tiempos de pandemia han salido a relucir quienes quieren ser escuchados o leídos, pero no son recíprocos, y creo también que no sólo en ese aspecto, sino en muchos otros;

 el ser empáticos no es algo que tengamos como prioridad. Seremos probablemente la generación postpandemia que no lee, no escucha, no está dispuesta a la reciprocidad, aunque también podremos ser los que más que nunca supieron valorar lo maravilloso de la comunicación humana.