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Mi abuelo, de elevada estatura, con el portafolio siempre en la mano, iba por la calle vestido permanentemente de traje a pesar del calor de una ciudad en la que pocos se vestían así. Lo recuerdo  en las última horas de su agonía: con la mirada ya más en el mundo por venir que en el presente, repetía constantemente: “Cuánto tiempo perdido, cuánto tiempo perdido”. Ese recuerdo me ha acompañado toda la vida y es que probablemente muchos de nosotros nos veamos en ese instante con la misma preocupación. 

Como muchos probablemente lleguemos a la vejez sin haber logrado desarrollar todo aquello que algún día anhelamos siendo jóvenes, en esa juventud en la que acabamos decidiendo si por esta vida hemos de transitar volando o arrastrándonos, porque, a pesar de todos los pesares, la juventud es  el momento en el que optamos por ser lo que somos y esa opción depende casi exclusivamente de uno mismo, porque puede el mundo golpearnos, hacernos retroceder, sufrir, retrasar nuestro avance, ponerle una zancadilla a nuestros esfuerzos, pero seremos nosotros los que decidamos elevarnos sobre ellos o arrastrarnos por el suelo. 

Un tanto heroica y románticamente, a nuestra generación se le señalaron diversos ideales como posibles y necesarios, por ello frecuentemente recibimos varios golpazos cuando buena parte de aquellos ideales eran arrasados por la realidad de nuestro mundo y muchos contemporáneos nuestros cayeron en la incredulidad y el cinismo y parece que ahora estos adultos se han dedicado a transmitir más cinismo que ideales; no solo incrédulos ante los ideales sino pesimistas ante el mundo, somos estos adultos los que hoy estamos dejando de alimentar las ilusiones necesarias a los jóvenes. 

Los adultos nos hemos equivocado y nos seguiremos equivocando, los jóvenes tienen que vivir su vida sabiendo que muchas veces se equivocan y se equivocarán, por supuesto sin olvidar que quienes les rodean, tan humanos como ellos, no cometieron menos errores en este proceso de construir una vida acertando y errando. 

La mayoría de nuestros yerros se comenten por tontería, por falta de precaución, por hablar de más antes de pensar con detenimiento, y pocos, realmente muy pocos, ocurren porque nuestra alma se haya complacido en descender a tal grado de dejarnos llevar por el mal. Es por eso que a quien le da trabajo perdonar es generalmente porque no tiene buena memoria o no se conoce bien a sí mismo, porque, si realmente estuviéramos ciertos de todos nuestros errores, ¿cómo no excusaríamos a los demás ante todo lo que hay que excusar en nosotros? 

Esperemos que un día a todos nos perdonen mucho mejor de lo que nosotros hemos perdonado, que Él nos enseñe la lección final perdonándonos a pesar de tantos errores nuestros al perdonar.