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En tiempos donde aparentemente la provocación y la inteligencia han menguado en favor de la corrección política en el cine, se agradece que un realizador nada edulcorado como Lars von Trier regrese a la carga con “La casa de Jack” (The house that Jack built, 2018). Casi un lustro después de que el cineasta danés firmara el díptico “Ninfomanía” (2013), su larga ausencia ha valido la pena.

El filme relata la vida de Jack -interpretado por un sombrío Matt Dillon-, un arquitecto frustrado que le cuenta a Verge, su interlocutor invisible -el actor suizo Bruno Ganz- cinco incidentes a lo largo de 12 años en los cuales Jack se revela como un psicópata y asesino en serie, cuyo megalómano alter ego se conoce en los medios bajo el mote de Sr. Sofisticación.

La historia es una exploración en primera persona de los pensamientos de un ser violento que, en un guiño al ensayista inglés Thomas de Quincey, también considera al asesinato como una de las bellas artes. Jack es víctima de un trastorno obsesivo compulsivo cuya necesidad de orden, pulcritud y limpieza resultan ideales para la consecución de sus mórbidos fines, donde un afán perfeccionista prima por encima del mero regodeo de acabar con sus víctimas.

El uso de la voz en off y por momentos de la cámara subjetiva involucran al espectador en cada uno de sus sangrientos procederes. Probablemente este aspecto es el que más ha causado incomodidad y críticas negativas desde su estreno fuera de competencia en Cannes.

Una fotografía a ratos “sucia”, con cámara en mano y cortes burdos y vertiginosos, cede el paso a composiciones de inusual belleza, a pesar de lo explícito de algunas de sus escenas donde no solo la muerte, sino el creativo deseo de matar dan paso a un secreto placer que pocos se atreverían a admitir durante su visionado.

Estos aspectos formales no restan un ápice a la poética y el discurso de von Trier, cuyo inteligente argumento dialoga y se permite digresiones en torno a la naturaleza del arte y del creador, de lo bello y lo grotesco, tanto en la arquitectura como en la literatura, la música y, por supuesto, el cine. Fiel a su estilo, introduce interludios con animaciones, fotos y videos de archivo que sirven para reforzar su tesis: donde se encuentra el hombre pueden hallarse la belleza y la crueldad por igual.

La autorreferencialidad de su polémica trayectoria es evidente no sólo por el uso de clips tomados de El Reino, Ninfomanía, Melancolía y El Anticristo, sino por hacer una película-ensayo que pone el dedo en la llaga y nos deja con más preguntas que respuestas: ¿importa la moral por sobre la búsqueda estética? ¿El autor es inseparable de su obra…?

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