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¿Ustedes creen que un lugar pueda guardar recuerdos? Yo creo que sí y más cuando ahí pasaste los mejores momentos de diversión, felicidad, tristezas, alegrías pero sobre todo aprendizajes, de esos que te hacen ser mejor. Todo aquel que ha hecho un deporte, actividad artística o extracurricular podrá entender de qué estoy hablando; en varias ocasiones, en camino a casa, me desvío de la ruta para visitar, al menos de paso, el campo de futbol en donde pase gran parte de mi niñez y adolescencia, entre piedras y tierra, calor y sudor, pero eso créanme que es vida, las rutinas de entrenamiento eran de poco más de hora y media y los viernes, si quedaba tiempo, había la oportunidad de una “cascarita”, donde cada quien dejaba el corazón por los bolis o refrescos, que se convertían en el premio al ganador, pero en esa época era como si ganaras el torneo. Al finalizar, uno que otro se quedaba a patear la pelota un rato más y si había el suficiente aforo, se armaba una nueva e improvisada partida hasta que todos tuvieran que regresar a sus casas. Ahí se fueron formando lazos, amistades entrañables que perdurarán, anécdotas que vivirán por siempre.

Pero ahí mismo era el escenario de los partidos, en donde uno como jugador se preparaba con tiempo de anticipación, el uniforme impecable, las calcetas, a pesar de la tierra roja, blancas, los tacos relucientes y la energía de comerse al mundo en el estómago con hambre de salir. Les puedo decir con mucha nostalgia que ver una vez más ese campo me transporta a ese momento, en donde aprendí a ser un buen ganador, reconociendo al contrincante y también a perder con dignidad, aprendizajes que sólo ese tipo de situaciones te dejan, que se aplican en todos los ámbitos de la vida y que bien encaminados te hacen crecer. El estricto orden que marcaba la disciplina y entender que si te esfuerzas las recompensas deben de llegar en algún momento.

El amor al soccer fue mucho más allá de eso, no fue sólo por patear el balón, por la adrenalina que deja, sino por todo lo que viene con eso, las amistades que aún conservo, la gran mayoría con personas exitosas en sus ámbitos, la disciplina, pero sobre todo las ganas de ser mejor cada día, ponerte metas y cumplirlas. Sin embargo, ya no es lo mismo que antes, ya no son tantos los equipos que se disputan el trofeo, los niños han cambiado el balón por el celular o videojuegos y desafortunadamente nunca experimentarán ese sentimiento que te deja anotarle un gol al mejor equipo, con la mejor plantilla y los pronósticos en contra, que para celebrar vayas corriendo con tu papá que se encuentra afuera de la cancha y de un brinco con toda tu fuerza llegues a él y lo abraces, mientras te eleva para que todos vean al que anotó. Créanme eso no se compara con nada en el mundo.