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Siempre regresa la imagen de mi padre, en su inerte retrato, a través del recuerdo de este fragmento poético: Viejo de la barba blanca,/ que contemplándome estás,/ desde tu marco de bronce, en mi mesa de pensar…

La evocación llega al tiempo, exactamente cuando algún acontecimiento adverso intenta hacerme olvidar que nadie surge por generación espontánea, sino que se nace de las semillas fundamentales del parentesco o la amistad.

Y eso que mi padre invirtió todos los esfuerzos de su madurez para tratar de verme con el alma libre y hablar palabras fieras, con esa magia que le venía de leer en las tardes a Thomas Mann, a quien recordaba por sus cavilaciones sobre el alma europea, durante la primera mitad del siglo XX.

Indudablemente él fue quien hizo más justicia conmigo, ya que estoy seguro que puso de lado sus intereses personales para consagrar su vida y la pureza de su alma, repleta de errores si quiere, pero que le mereció el cielo y un abrazo a las estrellas brillantes. Una tarde cualquiera, dolorosa como ninguna que recuerde, supe que estaba cada vez más enfermo por la terquedad de no guardar los controles que le impuso el médico, y desde entonces lo miraba triste, con los años graves que poco ayudan a su restablecimiento.

Recuerdo que en esa época se enfundó en un overol azul pavo y sentado en su sillón de lectura combinaba el cigarrillo sin boquilla que le había prohibido el doctor con muchas tazas de café amargo.

Fueron los años en que me incorporé al ritual del cigarrillo y el café junto a él, junto a mi madre y otros familiares que no reparaban en las dolencias de papá para enseñarme temas valiosos con sus charlas.
Sin embargo, desde esos años reconocía también que mi padre fue un hombre que portó “…la honradez en la médula, como lleva el perfume una flor, y la dureza de una roca”. No poseía más bienes que la certeza del amor que le teníamos, mientras estábamos seguros de que viviría poco tiempo puesto que teniendo tan quebrantada la salud ninguna esperanza era posible.

Aparte del dolor por su fallecimiento, aquel vacío que dejó papá me dictó muchas lecciones, acaso la más profunda fue no haberle dado gracias en vida por todo lo que hizo por mí, y si bien aprendí a venerarlo, quizás mi amor no alcanzó para entender las razones de su existencia.

Duele no haberle dado las gracias cara a cara por su legado, y duele más reconocer esa pifia.

Por ese suceso lamentable, en la actualidad expreso gratitud a mis familiares y amigos a quemarropa, sin rodeos, pues agradecer en vida lo que nos brindan los otros no es más que un acto de elemental justicia, una pizca de afecto indispensable.

Y además de contar con el calor de mis familiares, recuerdo que José Martí recomendaba: “…y no está demás en el mundo lleno de maldad, buscarse amigos”. Muchos escaños de la vida los he atravesado con la ayuda de mis amigos que no son sino otra manera de decir familia.

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