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Se ha señalado previamente la estrecha relación entre la mitología, la religión y las cuevas que se ha dado en la historia de la humanidad. En el mismo sentido se comenta ahora un episodio de la religión musulmana desde la perspectiva de Carter Scott, investigador especializado en estudios biográficos.

Después de su matrimonio, Mahoma se habituó a meditar en la gruta Hira, ubicada en la montaña Jabar Al Ñur, en Arabia Saudita. Esta cavidad, muy visitada hoy día, es muy reducida; su interior apenas mide tres metros y medio de cada lado y tiene dos metros de altura, con el suelo plano. Una noche estando Mahoma en la cueva se le apareció el arcángel Gabriel iluminado por un intenso resplandor. La entidad celestial le hizo saber quién era y que lo nombraba el profeta de Dios.

Tiempo después, unos guerreros de la tribu coraichita perseguían a Mahoma y a veinte de sus seguidores. Éstos se escondieron en una cueva situada en el Monte Thor. Cuando detectaron la proximidad de los guerreros se dirigieron al fondo de la gruta para orar. Los enemigos se hallaban cerca de la entrada de la cavidad y fue en ese momento que ocurrieron los tres únicos milagros que registra esta religión.

El primer milagro fue que, en la hendidura de la rocosa entrada de la caverna, creció un arbusto y sus ramas casi taparon el acceso a la gruta. Al pie del arbusto, una pareja de palomas construyó su nido sobre la arena y pusieron sus huevos; éste fue el segundo milagro. El tercero aconteció cuando una araña instantáneamente tejió su tela y prácticamente bloqueó la entrada a la cavidad. En ese momento hubo un gran silencio en ese lugar.

Cuando llegaron los enemigos del profeta a la entrada, el jefe de ellos echó una mirada y dijo que era mejor retirarse, pues allí solo había telarañas que seguramente existían mucho antes del nacimiento de Mahoma. En tanto, el profeta y sus acompañantes estuvieron pendientes de lo que sucedía afuera. Cuando Mahoma estuvo seguro de que los perseguidores se habían marchado exclamó: ¡Dios es el más grande!

Aún así, permanecieron en la cueva, pues esperaban a sus aliados, quienes les llevarían camellos y otras provisiones. Cuando sus amigos llegaron y vieron la entrada de la caverna dudaron que Mahoma y sus acompañantes estuvieran adentro, pues, con tantos obstáculos, parecía que nadie había entrado allí en muchos años. Pero el profeta escuchó sus palabras y desde adentro les habló. Para poder salir, Mahoma y los demás retiraron el arbusto, quitaron suavemente la telaraña y dejaron que las palomas remontaran el vuelo. Los recién llegados entregaron las provisiones y mientras comentaban sobre el episodio vivido, una de las palomas regresó para posarse en las manos de Mahoma, señal inequívoca de la legitimidad del profeta.