Hueseros y sobadores mayas

Miguel Güémez Pineda: Hueseros y sobadores mayas

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Dentro de la gama de especialistas de la medicina tradicional maya, destacan el huesero y el sobador, oficios ancestrales heredados y practicados mayormente por varones desde la época prehispánica, como consignan algunas fuentes coloniales desde el siglo XVII. Entre los mayas peninsulares de hoy, al huesero se le conoce como aj-k’axbaak (de k’aax, amarrar, atar y baak, hueso), aj-utskinajbaak, (de utskinaj, alinear, acomodar); y al sobador, como aj-páats’ (de páats’, sobar, masajear, presionar deslizando las manos); aj-marcador del género masculino. Un sinónimo de páats’ es yeet’ o yoot’, que se usa para nombrar los masajes del ciclo reproductivo brindados por la partera en el embarazo y el posparto, como la “amarrada puerperal” ok’aaxyeet’

Según el Registro único de personas que practican la medicina tradicional maya en Yucatán, hoy día estos terapeutas (incluidas algunas sobadoras-parteras) suman poco más de cien: 85 sobadores, 23 hueseros, aunque algunos cumplen ambas funciones (Indemaya, 2016). La mayoría se ubica en municipios del sur (Peto, Sacalum, Maní, Mama); del oriente (Chemax, Cuncunul, Chichimilá, Sudzal), y en menor medida en Tizimín, Mérida y Seyé, entre otros. 

Si bien las labores de estos dos terapeutas parecen ser análogas, cada uno cumple una función específica, eso no significa que algunos puedan desempeñar ambas funciones: el huesero trata primordialmente problemas comunes del sistema óseo, luxaciones, fracturas, fisuras y esguinces en las manos, dedos, pies, tobillos, rodillas, codos, hombros, cuello. Regularmente aplica una fuerza repentina y controlada a las articulaciones. En tanto que el sobador trata tirones musculares, distenciones de ligamentos en tobillos, rodillas; puede acomodar o reposicionar ciertos órganos, corrige algunos problemas posturales, como de espalda, sobando vigorosamente sobre la zona u órgano afectado. Algunos sobadores mayas son diestros para reacomodar el cirro que se disloca por realizar sobre esfuerzos físicos. 

Ambos terapeutas comparten elementos de identidad étnica: heredaron el oficio de padres y abuelos; hablan lengua maya; tienen concepciones similares del cuerpo humano, sus componentes y funcionamiento; sus tratamientos se basan en un amplio manejo de habilidades cognoscitivas, fisiológicas y botánicas: destreza manual, aplicación de las categorías frío-caliente, y plantas con propiedades antiinflamatorias, estimulantes y analgésicas. 

El diagnóstico y tratamiento del huesero se adecúa a cada dolencia. Inicia su diagnóstico con preguntas para saber el origen y tipo de la lesión, luego, mediante la observación y palpación elabora su diagnóstico. Si se trata de una luxación, procede a masajear con algún ungüento o vaselina para dar calor a la zona afectada, no sin antes pedir que el paciente se relaje, para poder suavizar los músculos, tendones y ligamentos. El control está en sus manos que desliza suave, mediana o fuertemente, dependiendo del caso. El momento del reacomodo de los huesos puede resultar muy doloroso, pues se lleva a cabo sin anestesia. La recuperación de dislocaciones o torceduras son, por lo general, rápida. En tanto que las fisuras o fracturas pueden llevar más tiempo. El terapeuta puede recomendar emplastos herbolarios, vendajes, consumir ciertos analgésicos e, incluso, derivar casos complejos a la medicina alopática para su tratamiento y rehabilitación.

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