Por vez primera dos hermanos han ocupado la gubernatura de Quintana Roo: Pedro Joaquín Coldwell –el quintanarroense más exitoso en las grandes ligas– y Carlos Joaquín González, quien trituró el reinado del PRI en los comicios del cinco de junio de 2016, superando las maniobras perversas de supervivencia del gobernador Roberto Borge Angulo, cuya tragedia global es su interminable cosecha de tempestades.

Revisando los lazos de sangre en nuestros mandatarios a partir de 1975, Roberto Borge ocupó la gubernatura coordinada con destreza y sensibilidad por su tío Miguel Borge Martín, quien habitó Palacio de 1987 a 1993 con vocación de estadista derramada en educación superior y cultura.

Cuando Pedro Joaquín Coldwell fue monarca tricolor –con la bendición del presidente José López Portillo– nuestro estado era un niño que contó con una clase política de alta escuela, comenzando por el vigente Joaquín González Castro que ha sido condenado a una posición indetectable en la imperceptible Secretaría de Gobierno. En aquellos tiempos apenas germinaba una prensa que atendía escándalos con frecuencia de cometa, la inseguridad era un mal desconocido y la fayuca disfrutaba sus únicos años de esplendor.

Pedro Joaquín relevó al legendario chetumaleño Jesús Martínez Ross, quien le entregó un estado saludable y repleto de sueños donde todo tenía que ser construido y hasta inventado; Cancún apenas era plántula.

Su hermano Carlos Joaquín tuvo que romper con el PRI para participar en la lucha por la gubernatura, procedente de la Subsecretaría de Turismo federal. Ya en el trono –derrotó al priista Mauricio Góngora Escalante– ha enfrentado los desafíos más complejos porque la corrupción alcanzó niveles industriales, capaces de doblegar a un país centroamericano.

Los procesos judiciales sin intocables han sido una tarea infatigable en el gobierno de Carlos Joaquín, quien ha soportado una deuda tan gigantesca como imperdonable, aplicando la amarga medicina de la austeridad para mantener la nave a flote, sin descuidar las acciones de impacto social.

Carlos Joaquín ha enfrentado y desactivado los zarpazos de la maldad que intenta sembrar el pánico en las sensibles alas que posibilitan el progreso: el turismo que todos debemos proteger, aunque los malos de la película brotan hasta en los barcos de Cozumel.