Apoltronados en el mullido sillón del poder al que accedieron remolcados por la poderosa figura de Carlos Joaquín González, los panistas quintanarroenses han caído en el pecado capital de la pereza política olvidándose del trabajo de campo y dejando en reposo sus endebles estructuras, pensando que por el simple hecho de formar parte del gobierno de alternancia tienen todas las de ganar en las elecciones del próximo año.

A poco más de un año de disfrutar las delicias de ser gobierno, al PAN se le olvidó por completo que como partido no son una fuerza a temer a nivel local, y que de no ser por Carlos Joaquín y su filón de refuerzos extraídos del Tricolor su destino no hubiera sido nada brillante.

Antes de la deserción de quien se convertiría en el verdugo del dinosaurio priista, el panorama no pintaba nada bien para el blanquiazul, que adolece de cuadros políticos competitivos y sus estructuras son tan frágiles como diminutas.

La fortuna les sonrió, pero en lugar de aprovechar la bonanza para consolidar un proyecto político sustentable, para desarrollar un intenso trabajo de campo y extender el tejido de sus redes de simpatizantes, se han dedicado a disfrutar el momento incapaces de entender que en la contienda del año próximo el arrastrante nombre de Carlos Joaquín no estará en la boleta electoral.

Y mientras ellos pernoctan en su inmerecido y solitario laurel, el dinosaurio priista empieza a dar muestras de recuperación de sus heridas, y ha acelerado el paso en el trabajo operativo en toda la entidad con miras a recuperar algo de lo perdido.

El contraste es notorio en la capital, donde algunos liderazgos naturales y aspirantes del Tricolor ya están a todo vapor realizando visitas, pláticas y reuniones en las colonias de Chetumal y en la zona rural circundante, tomando ventaja en una carrera que aún no ha empezado, mientras los blanquiazules brillan por su ausencia.

Incluso los diputados locales y aspirantes a la alcaldía capitalina por el PAN, Fernando Zelaya Espinoza y Mayuli Martínez Simón, han bajado el ritmo en sus eventos “legislativos” que son, hasta el momento, uno de los pocos contactos que tienen con la ciudadanía.

El riesgo es enorme, porque los panistas en sus cuentas alegres estiman que tendrán dentro de su alforja la alcaldía capitalina y la única diputación federal que corresponde a Chetumal, aunque si llegan a la competencia sin el calentamiento del activismo a nivel de calle sus posibilidades de triunfo son nulas.

El PAN está envalentonado en Chetumal después de que el año pasado ganaron las dos diputaciones locales y la alcaldía, y esperan repetir la hazaña en el 2018 confiando en que Luis Torres llanes conserve la altísima popularidad que alcanzó y que Mayuli o el “Chino” Zelaya mantengan los votos que los llevaron al Congreso local.

Pero las circunstancias son completamente distintas. Para empezar, no contarán con el “efecto CJ”, y el desprecio contra el PRI de Borge empieza a diluirse con el ex gobernador en prisión. Además, de competir por la diputación federal, Luis Torres Llanes saldrá de su zona de confort pues tiene que hacer campaña en los municipios de Bacalar y la zona maya, donde no es muy conocido.

Eso sin contar el desgaste natural que tanto Luis Torres como el par de diputados blanquiazules han sufrido en los difíciles 14 meses que han transcurrido desde su ascenso al poder.

El exceso de confianza del PAN, que cree que el desprestigio que persigue al Tricolor será suficiente para ganar en las urnas, puede ser su tumba si no se percatan que las elecciones se ganan con trabajo y con estructuras.

Y en ese rubro, el PRI les da tres vueltas y media, pues sus cuadros saben operar, saben construir estructuras, y guste o no, saben ganar.

Si el dinosaurio se los come mientras duermen, la culpa será toda de ellos mismos.