Hace tiempo que las redes sociales dejaron de ser el ambiente exclusivo de los nerds y dieron paso a la ciudadanía en general, trayendo consigo esa dosis de realidad desconectada que en muchas ocasiones, nos gusta olvidar cuando estamos en internet. 

Sin embargo, en ocasiones es bueno voltear a la ventana y observar lo que sucede en nuestra comunidad para encontrar parte de nuestra identidad como ciudadanos, o en este caso, cancunenses digitales, aunque esto no asegure que hallemos algo bueno. 

En la red, nuestra ciudad y destino turístico destaca por el turismo, el parador fotográfico, la vida nocturna y el ecoturismo. Muy loable y digno de escribir “cancunense” en nuestros perfiles, pero más allá, también una comunidad afectada en sus cimientos, con grietas que la  estructura social. Cancún está a punto del colapso, y los culpables tienen miles de nombres y apellidos. 

Recordando la solidaridad que los habitantes de la Ciudad de México tuvieron durante los sismos de septiembre pasado, la nuestra para con ellos y con los oaxaqueños, morelenses, chiapanecos, poblanos, y demás; salta a la mente una singular pregunta: ¿cuándo seremos tan solidarios con los propios cancunenses? No hablamos de ayuda a los menesterosos o habitantes de los cinturones de pobreza del norponiente y las colonias irregulares. Esto va por un auxilio general, porque nos echemos una mano a nosotros, que estamos tan o más atrapados en los escombros de nuestra comunidad.

Acá no sonó una alerta sísmica. A diferencia de un verdadero temblor, el movimiento trepidante que destruyó a la ciudad dio muchísimas señales de alarma; estuvo en nuestras manos salvarnos pero no quisimos hacerlo, en buena parte, porque nos valió, preferimos seguir navegando en internet y llenando las redes sociales con ilusiones banales. 

Votamos por los ineptos. Aplaudimos a los mensos. Sacrificamos nuestra responsabilidad social por un “me gusta” en las páginas de los políticos, permitimos que la codicia se impusiera a la solidaridad, el delito a la justicia y la fácil ganancia a la recompensa sólida del esfuerzo. 

Todos quedamos, sino asombrados, satisfechos al darnos cuenta de que, al menos en la capital del país, sus habitantes no necesitaron de nadie más que ellos mismos para rescatarse. ¿Y nosotros cuándo? Nuestras lozas no son físicas, son reales y pesadas, pero si nosotros las creamos, podemos retirarlas y salvarnos; reconstruir nuestra ciudad y plantar cara a aquellos que insisten en cimbrar nuestros cimientos con sus vicios y adicciones, que tristemente, también somos nosotros. 

Tal vez ya es muy tarde para recupera el antiguo paraíso, pero no lo es para construir uno nuevo.

Sin voz ni voto 

Dicen por ahí que existen los “priennials”, jóvenes priístas con ganas de sacudirse la mala imagen del partido. Tal vez sea cierto, pero casi estamos seguros que a esos militantes no los escuchan en la campaña de @JoseAMeadeK, porque su estrategia en redes destaca por la puerilidad, infantilismo e ingenuidad, digna de los tiempos más rancios del partido.