Generalmente en mis colaboraciones no hablo de situaciones personales, pero en esta ocasión me voy a permitir hacerlo, ya que quiero hacer un homenaje a la ciudad que tanto quiero, y me gustaría que supieran las razones.

Acabo de cumplir los primeros (de muchos, espero) 13 años de vivir en Cancún; sinceramente, hace 17 – 20 años, era la ciudad a la que menos me imaginaba llegar a vivir. Cuando estudiaba, muchos de mis colegas que pensaban en superarse y encontrar oportunidades en la operación turística, volteaban a esta zona del país como una opción real de obtener lo que en la Ciudad de México y en otras grandes ciudades cada vez era más difícil, obtener un empleo en aquello que estudiaste.

Y yo no; yo soñaba con vivir en una ciudad colonial, en un ambiente menos “turístico” y más de ciudad, viviendo cerca de algún zócalo y pudiendo tener mis reuniones de trabajo en un cafecito de los alrededores, disfrutando del frío y de ver pasar a la gente.

Y vaya que la vida da muchas vueltas.

Pues llegué a Cancún, a “sufrir” en un inicio de los calores, a enfrentarme a mis temores, a vivir lo que significa un Huracán con Wilma, y a ver la vida, y sobre todo la naturaleza, lo social y la sustentabilidad, desde una perspectiva muy diferente.

Porque mi relación con la naturaleza antes de Cancún era mínima… 20 y tantos años viviendo en una ciudad como la Ciudad de México (aunque con viajes frecuentes) no permite a uno (que además no estudió ciencias naturales ni se rodeó de boy scouts ni nada por el estilo) conocer y comprender eso que es tan importante en nuestra vida: la naturaleza, las raíces y las personas que dependen de ello.

Pero definitivamente Cancún (y Playa del Carmen, y Holbox, y Sian Ka’an, y Bacalar, y Cozumel e Isla Mujeres y la Península de Yucatán en general) provocaron un cambio en mí.

Nunca había visto tanta naturaleza junta, tan cercana, tan a la vista… pero tampoco nunca había visto la velocidad con la que se acababan (y se siguen acabando), nuestros recursos. Para mí era impresionante salir de casa un día, y al siguiente, ver cambios tan rápidos en el ecosistema urbano.

Y ni que decir de los cambios al interior, de los cuáles fui haciendo conciencia poco a poco, y que evidencian la necesidad imperiosa de cambiarnos el chip y entender que, si seguimos así, no tendremos un futuro muy prometedor.

Yo no sé si a otras personas les haya pasado lo mismo; habrá quienes sí, y otros a quienes esta situación les importe muy poco, lo cual me parecería increíble, en especial por la riqueza de la zona y las bellezas naturales y culturales que nos regala todos los días.

Hoy veo una zona muy diferente a la que me tocó el alma, a la que provocó en mi un cambio de chip radical; una zona que ha avanzado en algunos aspectos como la participación ciudadana, algunas regulaciones, algo de conciencia, gente preparada que ha llegado a hacer cambios importantes, pero también una zona que sigue creciendo poniendo en riesgo no solo el capital natural y social, sino también su competitividad como destino.

Y me preocupa, aunque menos de lo que me ocupa, porque estoy convencido que, lo que puedo hacer yo como individuo, puede tener un impacto importante en otros individuos, y en la región en su conjunto.

Gracias Cancún por estos primeros 13 años; espero haber contribuido, y seguir contribuyendo muchos años más, a construir la ciudad que deseo, que como ciudadano me merezco, y la que espero disfruten quienes vienen detrás.

Hoy, más que nunca, agradezco lo que he aprendido, a veces a tumbos, pero que estoy seguro, que con sus altas y bajas, sumará a la construcción de un mejor futuro.

Espero que para cuando cumpla 25 de ser cancunense y quintanarroense, voltee atrás, y vea que mi esfuerzo, como el de muchos otros de esta tribu que esta ciudad ha formado, ha valido la pena.