La ambición de John D. Rockefeller de ser el mayor refinador de crudo en el mundo lo llevó a matar gente, robar propiedades, provocar revoluciones, y derrocar gobiernos. En Rusia, donde las condiciones se habían ido gestando por años para derrocar al zar Nicolás II, la intervención del capital estadunidense jugó un papel vital para que triunfara la Revolución de 1917.

El zar había perdido prestigio y poder tras ser derrotado en 1905 en la guerra contra Japón, que había recibido financiamiento de bancos estadunidenses para atacar Rusia desde el este. Vladimir Lenin inició la revolución por aquellas épocas, aunque terminaría siendo deportado a Suiza, León Trotsky a Estados Unidos y Josif Stalin a Siberia. Pero la revolución no falló del todo, pues el zar aceptó hacer reformas. Años después, con un gobierno debilitado, la Gran Guerra en su apogeo, y la inestabilidad social interna, el zar abdicó el 15 de marzo de 1917, y el socialista Aleksandr Kérensky se hizo del poder. Le brindó amnistía a Lenin, Trotsky, Stalin y a 250,000 exiliados.

Trotsky dejó Nueva York el 27 de marzo con 275 de sus seguidores en el SS Christiana rumbo a Canadá. Trotsky llevaba $10,000 dólares. El monopolio bancario estadunidense, del que formaba parte el Chase Bank (después Chase Manhattan Bank) de Rockefeller, financiaba el regreso de Trotsky para que ayudara en la destrucción del imperio ruso.

Además del apoyo estadunidense, Lenin recibía apoyo alemán, a fin de que la Revolución sacara a Rusia de la Primera Guerra Mundial en la que peleaba contra Alemania.

Al tiempo que se firmaba el Tratado de Versalles, que ponía fin a la contienda mundial, el presidente estadunidense Widrow Wilson, acompañado de un séquito de banqueros que iban por los despojos y el botín, en el frente ruso los bolcheviques abolían toda propiedad privada, y en pago por el apoyo occidental recibido para que ganara la Revolución, se destruían las instalaciones de la industria petrolera rusa, que en aquel entonces superaba al monopolio de Rockefeller. Pero, como parte de un plan muy bien guardado, Rockefeller entraría al rescate de la industria petrolera rusa, con la consiguiente tajada por la extracción de crudo que calmara, al menos en parte, la fuerte ambición del magnate.