Vaya que si se requiere de una cuota mayor de paciencia de Lorenzo Córdova para no exasperarse por un sector de opinión y representantes de medios que no entienden que la autoridad no puede conducirse con proyecciones lineales de lo que habrá de suceder el 1 de julio. El INE debe prever varios escenarios: al menos el de impugnación de resultados y el de un desenlace muy estrecho entre el primero y segundo lugar en la elección presidencial. Todo puede suceder y es evidente que AMLO está en su juego de hacer creer que las tendencias electorales a su favor son inamovibles. El INE no se puede guiar por encuestas, sino por desenlaces de diversa naturaleza.

Para el órgano electoral, lo más amable en la conducción de los resultados es que haya una definición clara de candidato ganador y más si es de la oposición, como sucedió en 2000 y 2012. Pero también puede ocurrir que haya una diferencia mínima, tan estrecha que no la puedan resolver los estudios de aproximación, como encuestas de salida o conteos rápidos. Ya aconteció en 2006 y tanto ganador como perdedor hicieron del Consejo General de IFE y de su presidente responsables, a grado tal de removerlos bajo la tesis hipócrita de una nueva reforma. De haber controversia en la elección, el candidato ganador concurriría a juicio en condición de tercero interesado; a quien se impugnaría sería al INE. Por esta consideración es recomendable que se tomen las providencias para que la institución se prepare para cualquiera circunstancia.

López Obrador es un político astuto. Su objetivo de hace tiempo fue vender la idea de que su ventaja era irreversible. Se la compraron en muchos lados. Ejemplo es el de Germán Martínez, quien con una trayectoria sólida en lo político, se vuelve a favor de su anterior enemigo para estar con el ganador. López Obrador no ha cambiado, es consistente y persistente; sus aliados de ahora sí, ni consistentes y mucho menos persistentes, penosamente sometidos y aplaudidores hacen sofisticados malabares para justificarse en el deseo de regresar o mantenerse en el presupuesto. Así ha ocurrido en el frente político, incluso con priistas prominentes; las deferencias públicas o por debajo de la mesa a AMLO están en los medios, en el agraviado sector empresarial y en otros círculos de la élite acostumbrados a codearse con quien está en el poder. Andrés Manuel reclama airadamente que el INE considere la hipótesis de un resultado cerrado, ya que pone en entredicho la idea de que su triunfo será arrollador y desde ahora invariable.

La realidad es que los actores pueden ser acomodaticios y oportunistas, rasgos de una élite a semejanza de sus políticos. Las instituciones y quienes las conducen, como el Consejo General del INE deben mantener la vertical en cualquiera circunstancia. Su ética y su mandato es el cumplimiento con la ley, no anticipar ganadores o perdedores. Para un empresario, un medio de comunicación o un político pueden ser de importancia su relación con el eventual ganador. No así para la autoridad que debe ser garante de certeza, imparcialidad y estricta legalidad.

Cualquiera que sea el desenlace de la elección del 1 de julio, el país habrá de cambiar. El problema no estará tanto en el resultado, sino en lo que venga. Las expectativas de cambio es la constante de las propuestas en competencia. La sociedad espera mucho más de lo que el gobierno puede dar, gane quien gane. A mayor la expectativa, más grande será el desencanto. No se ganan votos con cuotas de realismo, sino con la idea de que las cosas cambiaran para bien sin que la sociedad participe y pague los costos de la transición. Es parte de la crisis del sistema actual; la democracia electoral y los términos con los que se ha desarrollado la competencia por el voto ha generado hijos holgazanes, ingratos, indolentes y exigentes.

El escenario que viene no le compete al INE, sino a todos. México ha perdido en el camino sentido de mucho de lo bueno alcanzado y de lo mucho, también, que hay por preservar y cuidar. Lo más valioso no está en la economía, sino en lo institucional. El arribo de la democracia electoral y las libertades son un logro de proporciones mayores. No hay conciencia de ello y por lo mismo no se aprecian en su justa dimensión. El INE y la nueva Suprema Corte de Justicia de la Nación es lo mejor de lo que hemos alcanzado. Todavía hay mucho por lograr, pero el camino se vuelve sinuoso y la perspectiva borrosa cuando se pierde sentido histórico de las fortalezas del país de nuestro tiempo.