La alcaldía chetumaleña debe servir para resolver los problemas básicos de la población en todo el municipio, aunque su margen de maniobra sea de una camisa de fuerza. Por ello Luis Torres Llanes –impulsado por PAN y PRD– con excesivo sufrimiento ha hecho lo que está en sus manos para atender el motor desvielado.

Desde 1975 y hasta 2016 el PRI mantuvo el bastón de mando en la alcaldía de Othón P. Blanco; fueron 41 años de autocomplaciente reinado tricolor, cercenado por la suicida arrogancia del ex gobernador Roberto Borge que provocó la mayor catástrofe para su partido, expulsado de la gubernatura por el surgimiento de la candidatura ciclónica del retador ex priista Carlos Joaquín González.

Los cuatro candidatos que competirán por la alcaldía –incluido el independiente cuya identidad será relevada antes de la Navidad– deben comprender que su llegada al poder es oportunidad única, ya que la alternancia fue inaugurada rabiosamente por el chetumaleño que aguarda resultados y no más excusas lastimeras.

Hay temas que el sucesor o sucesora de Luis Torres debe atender y resolver con cirugía avanzada, como la injustificable carencia de un servicio de transporte urbano digno de la capital, cuya recuperación será reflejada en los bolsillos de miles de usuarios que viven al día.

Es absurdo que nuestra capital no cuente con el servicio de transporte en las principales rutas que distingue a otras capitales; aquí se ha demostrado una ineptitud brutal que ha dejado el mercado a merced del sindicato de taxistas, quizá por descarado contubernio.

“Una administración de puertas abiertas” y “transparencia a tope” son patrañas percudidas de campaña que deben ser evitadas por respeto a los electores, privilegiando la agenda seria en temas como el transporte urbano que fue torpemente interrumpido en el período de Carlos Mario Villanueva Tenorio.

Los candidatos no deben andar apapachando abuelitos y cargando niños pordioseros, y si lo hacen no deben evitar los grandes temas que reclaman los electores, hartos de mentiras y sedientos de resultados que obsequia la buena política.

Los tres candidatos definidos tienen sus fortalezas y debilidades, y el riguroso elector sabrá detectar y premiar la mejor carta competitiva, impulsando quizá al independiente como novedoso remedio.