Menos de siete meses restan para que termine el sexenio del gobierno federal, que preside Enrique Peña Nieto; prácticamente el desastroso gobierno del mexiquense está a la vuelta de la esquina ya con los mariachis afinando las golondrinas. Quien será su sucesor es un dilema abismal donde seguramente ni lo mismos priistas están confiados en ganar abrumadoramente, si es que eso sucede.

La administración terminará –es prácticamente un hecho– en una crisis nacional que nos ha afectado a todos por igual, a unos más que a otros. ¿En estos pocos meses usted confía en que habrá alguna mejora para la economía del país o de nuestro estado? Exacto, yo tampoco lo creo. Recordemos que en el argot de la política hay un dicho muy conocido entre la clase popular que va corriendo de boca en boca en cada final de las administraciones públicas, trátese de alcaldes, gobernadores o hasta del presidente de la república; se trata  del famoso “Año de Hidalgo”; una práctica que se instituyó entre la clase priista en el siglo pasado.

La práctica del Año de Hidalgo es bastante conocida y se practica entre la clase política cada fin de trienio y sexenio, llámense alcaldes, gobernadores o presidente de la república, aunque en la actualidad ya no sólo son los priistas, pues con la  creación y alianzas de partidos políticos se ha diversificado la acción, pero para el efecto práctico del saqueo viene siendo lo mismo. Lo preocupante aquí no es decirlo, sino aplicarlo, aceptarlo y no cambiarlo. Ya falta menos para que en muchos estados y municipios de nuestro país se generen cambios en su administración pública, sin olvidar que nos estamos perfilando al final de nuestro sexenio presidencial.

Este dicho popular mexicano es un crudo reflejo del fenómeno socialmente reprobable llamado corrupción; así es, México lamentablemente se encuentra viviendo una etapa crítica en sus esferas político-electorales. El presidente Enrique Peña está dispuesto a retener el poder para su grupo a cualquier costo, pero carece de argumentos para lograrlo. Las reformas fiscal, energética y educativa no han dado los resultados esperados, y han sido opacadas por la corrupción y la impunidad. La violencia ha repuntado en muchos estados y si a esto le sumamos un enorme retroceso en materia de transparencia y ni qué decir del Sistema Nacional Anticorrupción.

Hay que ser sinceros, señores: actualmente vivimos con un gobierno doloso que desde hace algunos años se volvió impopular frente a la sociedad, gracias a la ausencia de valores de los dirigentes políticos, falta de democracia, enriquecimiento descarado de los funcionarios públicos, aunado a la apatía como ciudadanos de cada uno de nosotros para mejorar a nuestro país.

En los medios sociales, por tanta corrupción de los gobiernos y funcionarios del partido en el poder, en este caso el PRI, las preferencias electorales se inclinan a otro partido, sin reflexionar que todos están bien manchados de corrupción, unos más que otros, pero corrupción al fin, por lo tanto, debemos votar no por el partido, sino por el candidato que tenga el mejor perfil. El sexenio priista se va, dejando los niveles de pobreza en el mismo cuello de botella, por desgracia más marcada en los estados de Guerrero y Chiapas.