La inconfundible y lenta voz del ex gobernador Mario Villanueva Madrid me sorprendió gratamente la noche del jueves, cuando de mi celular fluyó con un tono jovial de viejo lobo intacto ante el prolongado castigo de los hombres. El chetumaleño conserva la motivación del prisionero que confía en volver este año a casa —al rancho familiar El Mostrenco— para abrazar y disfrutar a su familia, su corazón.

Con un costal de años que palpitan en su tono, Mario me obsequió 57 minutos de conversación convertidos en relámpago, ya que ante todo la noticia íntima es su estado de salud de viva y muy viva voz, su optimismo y que festeje las benignas condiciones de este reclusorio dónde respetan sus derechos humanos sin tratarlo como prisionero de guerra.

“Pregunta lo que quieras, y cuando no acepte responder me atengo al artículo 20 Constitucional para reservarme mi derecho a declarar”, condiciona en apariencia porque no evitó un solo tema, aunque en algunos casos recurrió al “aquí entre nos” que anticipa algo irresistible.

“A Carlos Joaquín le dejaron un caballo como el del Quijote, todo enfermo, y primero tiene que curarlo como buen jinete”. Destaca las complicaciones financieras con el tamaño de la deuda heredada y los flancos tan descuidados en materia de seguridad pública y el crecimiento del tumor delictivo, sobre todo en Cancún.

Al hablar del equipo del gobernador, desempolva lo dicho por el ex gobernador priísta chetumaleño Jesús Martínez Ross, quién en la cumbre de su mandato inaugural del estado—de 1975 a 1981— recibía críticas por lo deficiente de su gabinete en áreas clave. Entonces respondía en círculos de confianza: “esta es la masa que tengo para mis tortillas”.

Afirma que el gobernador tiene toda la capacidad política y el tiempo para reconquistar a quienes han sido presa del desencanto sobre todo en el sur; hay acciones que Carlos Joaquín sabrá impulsar con destreza, curando a su caballo para avanzar a mejor ritmo como buen jinete que es. Mañana sigo con Mario Villanueva, cuya llamada me permitió confirmar que el ingeniero está anímicamente intacto y con un caudal de sorprendente optimismo.