Una guerra comercial se produce cuando un país impone barreras comerciales como aranceles y cuotas de importación a otros como medida proteccionista, pero al ser percibido como injusto provoca que las otras naciones respondan con represalias. Lo cual desencadena respuestas vengativas que aumentan las tensiones globales (Horowitz, 2018).

Además de lo anterior, provoca la interrupción del comercio y de las cadenas de suministro globales, lo que daña la rentabilidad de las empresas que importan insumos y exportan productos. Dicho de otra forma, en una guerra comercial se produce una especie de juego reactivo bélico en el que los países se “disparan” con aranceles y se “bombardean” con cuotas de importaciones, lo que tiene poderosas repercusiones en nuestra economía actual, aunque es un fenómeno que se ha presentado a lo largo de la historia del comercio internacional desde que comenzó a existir (BBC, 2018).

Esto es importante, pues es justamente lo que está sucediendo actualmente entre Estados Unidos y China. Todo comenzó cuando recientemente la Administración del Presidente Trump decidió gravar con tasas muy altas las importaciones de acero y aluminio, y amenazó con ampliar la lista de productos. Ante lo cual, las reacciones de los principales exportadores no se hicieron esperar, e incluso lo hizo la propia Organización Mundial del Comercio (OMC). Pocos meses antes ya había sucedido también con la entrada de lavadoras y paneles solares, por lo que el mundo del comercio internacional leyó que no fueron acciones aisladas, si no que era el inicio de una probable y peligrosa contienda mundial en los mercados. Los primeros en reaccionar para castigar a los productos estadounidenses fueron la Unión Europea, Rusia y China (Navarro, 2018).

Es así como China, que en la actualidad es la segunda potencia mundial, con una economía vital para el mundo en términos de comercio por su consumo, entró este mes de julio en una abierta guerra con el que en otros tiempos fuera su principal socio comercial, los Estados Unidos. Para ser precisos del 7 de julio entró en vigor “la imposición de aranceles punitivos por 34 mil millones de dólares de Estados Unidos a China y viceversa; Trump anunció que en dos semanas complementará la cifra con 16 mil mdd por sanciones económicas” (Excelsior, 2018).

Algo importante de señalar es que la respuesta punitiva de China se enfocó en elevar los aranceles especialmente de la industria agropecuaria de Estados Unidos, por lo que los productores de soya y maíz y en consecuencia la industria de cárnicos, especialmente de pollo y puerco, se verán afectados en estados que votaron por Trump durante las elecciones de 2016 (Excelsior, 2018).

Así que a pesar de que el presidente Trump en un inicio declaró en su cuenta de Twitter que "cuando un país (Estados Unidos) está perdiendo muchos miles de millones de dólares en comercio con prácticamente todos los países con los que tiene negocios, las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar" (CNN, 2018). La reacción de China podría estar mostrándole que no es algo tan sencillo.

En este tipo de conflictos los que terminan pagando literalmente son los consumidores de todo el mundo, ya que el resultado más directo es el aumento de los precios de los productos. Pero además, existe el enorme riesgo de que China aunado a las múltiples opciones económicas agresivas de las que dispone para contratacar, podría emprender represalias geopolíticas con un alto costo a la seguridad mundial.

En un escenario más amplio recordemos que China y los Estados Unidos, en acciones coordinadas podrían implementar sanciones contra Corea del Norte para llevar a Pyongyang a negociar sobre sus programas nucleares. Cuestión que es poco probable que suceda en el escenario de una política comercial adversaria, que representa un peso más al ya difícil desafío de convencer a Beijing para involucrarse realmente en el tema (Cohen y Gaouette, 2018).

Esto es sólo el inicio y el problema está aún en fases muy tempranas de desarrollo, sin embargo comprueba que el diálogo respetuoso, el trato justo, las negociaciones diplomáticas y comerciales, traen siempre consigo mejores resultados, pues permiten de forma permanente la conciliación para la convivencia y la cohabitación social. Ya desde 1997 el autor Paul Krugman había señalado que la competitividad obsesiva en la economía internacional conlleva tres serios peligros: “Primero, podría desembocar en un gran derroche de gasto del gobierno supuestamente para aumentar la competitividad de los Estados Unidos. Segundo, podría favorecer el proteccionismo y las barreras comerciales. Finalmente, y más importante, podría promover políticas erróneas en todo un espectro de asuntos importantes” (Krugman, 1997, p. 8).

En definitiva, cuando dos superpotencias se pelean, las consecuencias afectan al resto del mundo y no hay ganadores. Históricamente la mejor guerra es aquella que no se genera, pero una vez que se ha iniciado, para poder resolver este tipo de dilemas siempre será fundamental actuar con ética y negociar con parámetros de legitimidad que permitan transparencia, sólo así se pueden plantear propuestas y acuerdos honorables, que sean respetados por todos.