La edad millonaria atribuida al universo es un axioma, es decir, una proposición no susceptible a comprobación sobre la cual se funda una ciencia. Porque resulta que los sistemas de datación adolecen de fallas al no tomar en cuenta que las condiciones del planeta no han sido siempre las mismas. La medición de la edad arrojará diferentes resultados con el método de potasio-argón, que con el de rubidio-estroncio, el de uranio-plomo, el de carbono 14, o el de cualquier otro. Con las mediciones se supone que la existencia de los diferentes elementos en el objeto a medir ha sido afectada por condiciones estables, cuando la realidad es que el planeta ha sufrido convulsiones climatológicas que por fuerza alteran la exactitud de esas mediciones. Objetos en Francia y el Sahara tendrán mediciones distintas porque las diferentes condiciones climatológicas afectarán de manera distinta la cantidad de residuos de los elementos en dichos objetos, aunque sean de la misma edad.

Las mediciones con diferentes métodos hechas en rocas del Gran Cañón de Colorado arrojaron edades que fluctuaban de los 1,400 años a los 1,075 millones. ¡Vaya diferencia! Pero la ciencia ha sido copada por científicos evolucionistas, que atribuyen al universo edades millonarias, porque suponen que la Evolución sólo podría llevarse a cabo en millones de años. Tiempo, empero, no es todo lo que se necesita. Por el contrario, los cuatro dogmas en que basan su planteamiento evolucionista –surgimiento de la vida en un caldo prebiótico (generación espontánea), fósiles, mutaciones, y selección natural– refutan, no confirman la Evolución. Los métodos de medición son tan inexactos que a un molusco vivo le atribuyeron una edad de 2,300 años, y pese a ello, los evolucionistas se aferran a esos métodos para darnos cifras exorbitantes. Pero los nuevos descubrimientos dicen que este mundo no es tan viejo.