Aun el economista socialista inglés John Maynard Keynes se preocupó cuando supo los términos del Tratado de Versalles: “La paz es indignante e imposible y traerá nada sino desgracia tras de sí.” El tratado que ponía fin a la Gran Guerra, la guerra que terminaría todas las guerras, fue obra en gran parte del estadunidense John Foster Dulles, que años después fungiría como Secretario de Estado en el mandato de Dwight D. Eisenhower y en secreto tramaría con el Papa Pío XII la entrada de Estados Unidos a la guerra de Vietnam para proteger los intereses católicos. Se estipulaba una gran compensación por parte de Alemania para las naciones vencedoras, lo cual provocaría la hiperinflación alemana entre 1920 y 1923, cuando el dinero valía menos que el papel en que estaba impreso, y, lo cual llevó a la destrucción de la clase media alemana. Todo ello sería motivo para que no muchos años después se erigiera un líder que prometía resarcir a Alemania del abuso a que había sido sometida.

De igual forma que los grandes capitales –Rotschild, J.P. Morgan y Rockefeller, entre otros– habían estado tras el plan para iniciar una gran guerra, (de todos era conocido que Europa se preparaba para la guerra mucho antes de que comenzara), igual, los grandes capitales buscaban algo que compensara el dinero que habían invertido para provocar la guerra. Los Rockefeller obtendrían de la contienda $200 millones de dólares de hace un siglo. Por tanto, los términos del Tratado no podían ser otros que los de obtener un lucro obsesivo, un lucro obtenido a costa de la vida de muchos que la perdieron en esos cuatro años de lucha. Entre los prominentes personajes que estaban en la firma del Tratado se encontraba Paul Warburg, representante de los banqueros estadunidenses y director de la Reserva Federal, y su hermano Max Warburg, que encabezaba la firma bancaria alemana M.M. Warburg, y que no sólo dirigía las finanzas alemanas, sino que era el líder del sistema de espionaje alemán. Con los banqueros al frente, se antepusieron sus intereses a los de la gente de sus naciones. Pero uno de los ahí presentes, Lord Curzon, el Secretario británico de Relaciones Exteriores, previó el peligro, y declararía que el Tratado sólo serviría para 20 años. Como si su voz hubiera sido de profeta, en un afán por resarcir al pueblo alemán de la vergüenza que le habían impuesto, en 1939 se levantaría Adolfo Hitler, que de paso buscaría hacerse del control del mundo.