Aunque se le parezca, la escuela no es una fábrica. Su engañosa semejanza a un lugar de manufactura se debe a que la organización escolar actual es herencia de la Revolución Industrial. En los siglos XVIII y XIX era necesario que los obreros fueran capacitados para el trabajo en una línea mecánica de producción, bajo la vigilancia de un supervisor. Por eso sobrevive la educación en grupos, bajo la atención de una profesora y con un programa de estudios que enfatiza la conformidad, la uniformidad y la estandarización. Pero, ¿es esta la mejor manera para educar en nuestros tiempos?

La verdad, no lo es. Las fábricas siguen existiendo pero nuestra realidad económica es mucho más compleja que la de la Revolución Industrial. Ahora los servicios son tan valiosos como los productos; en muchos casos incluso los superan en importancia. Además, vivimos tiempos de cambio acelerado, de manera que los productos quedan obsoletos casi de inmediato.

Si ya no vivimos en la época de las fábricas, entonces, ¿cómo debería ser nuestra educación? No hay una respuesta sencilla para esta pregunta, una en la que la mayoría de los expertos en pedagogía esté de acuerdo. Lo único que a todos queda claro es que el fracaso de la educación en nuestro tiempo se debe a este mal acoplamiento entre una cultura que evoluciona con rapidez vertiginosa y un sistema educativo anticuado y rígido.

Quizá el primer cambio que necesitamos es dejar de ver a estudiantes y docentes como piezas intercambiables de una máquina. Una alternativa es entenderlos como seres vivos, dueños de historias personales complejas, que difieren en su bagaje cultural y en su enfoque hacia la vida. En otras palabras, podemos dejar de creer que son insumos o productos o piezas idénticas, para concebirlos como personas únicas, dentro de un riquísimo y significativo entramado de relaciones personales.

Si cambiamos nuestra visión de la educación, podremos ver que el verdadero trabajo de un buen docente no es la transmisión de conocimientos o habilidades. Su verdadera labor es la de establecer relaciones adecuadas y nutritivas con sus alumnos, para promover y motivar el aprendizaje personal, aun dentro de un grupo. Si lo logramos, podremos ver que lo que necesitamos urgentemente son maestros que porten bien su humanidad en el trabajo, que establezcan contactos sanos y respetuosos con sus estudiantes y que sean capaces de tomar decisiones individuales y al momento con respecto a su aprendizaje.