La democracia depende de instituciones fuertes, de derechos de las minorías, de escrutinio y contrapesos, de libertad de expresión y de prensa libre, de la libertad de protestar y de petición al gobierno, de un poder judicial independiente y que todos cumplan con la ley.

Barak Obama, en el 100 aniversario del nacimiento de Nelson Mandela

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Interesante, pero irrelevante buena parte de las observaciones críticas que se le hacen a López Obrador y a su equipo. Él y los suyos empiezan a caminar en el ejercicio del poder, los tropiezos son naturales y explicables. Lo importante es aprender. Hay una diferencia monumental entre aspirar al poder y el administrarlo. La pifia de la participación del papa en la pacificación solo indica que hay que mantener reserva a los entusiastas y cuidar que el confundido confunda al que manda.

A López Obrador se le dificulta el tránsito a presidente. Ya lo es en su sentido simbólico. Los empresarios, líderes obreros, adversarios, el gobierno y los medios así lo han tratado. Quien es virtual presidente electo debe tomarse más en serio, como en sus encuentros con el sector empresarial que le han redituado apoyo y tranquilizado mercados, pero debe ser más cauto y sensato en los temas políticos.

Por ejemplo, no le corresponde poner en entredicho a los órganos electorales porque su nuevo carácter le obliga a la institucionalidad, aunque le fastidie y le incomode. Si el órgano electoral dice que la señora Martha Érika Alonso ganó en Puebla, no le autoriza señalar que quien perdió no perdió. En todo caso, podría decir que respetará la decisión del perdedor o de su partido de impugnar la elección.

Tampoco es sensato calificar como una vil venganza de algunos consejeros la investigación del INE sobre el fideicomiso “privado” de Morena para los damnificados en la que se concluye la ilegalidad del expediente. El caso es grave, porque la iniciativa de crear esa figura vino de él y el asunto pone en entredicho no solo el apego a la ley, también exhibe falta de integridad y engaño. El caso se debe investigar al detalle: el origen del dinero y los destinatarios de los recursos y así hacer valer eso de que no perdonará a nadie que se desvíe de lo correcto.

López Obrador será un presidente popular. Esto no quiere decir que todos estén de acuerdo con él. Es más, es probable que enfrente resistencias y rechazo por quienes serán afectados por sus decisiones y no pocos de ellos sufragaron por él, como es la burocracia media y baja que ve con preocupación la reubicación de dependencias y la austeridad a la que habrán de someterse, especialmente quienes conforman el servicio civil de carrera.

Están equivocados quienes creen que el presidente asumirá un elevado costo por afectar a la burocracia. Sin duda, los afectados habrán de arrepentirse de haberle votado, pero son muchos más quienes ven a este sector, con o sin razón, un grupo privilegiado, ineficaz y corrupto. Malo por muchos trabajadores al servicio del Estado que cumplen y trabajan bien, los más; pero el abuso de los menos los ha llevado al desprestigio y a la condena pública.

De igual forma, el abuso de algunos gobernadores le ha facilitado la propuesta de crear una figura de evidente inconstitucionalidad que son los representantes de desarrollo social. Se trata de anular a los gobernadores que son, en ciertos casos, abusivos o corruptos, pero fueron democráticamente electos. Ellos no pueden ser reemplazados o anulados en sus responsabilidades por enviados del presidente, en su mayoría futuros candidatos, exactamente el mismo expediente que utilizó su némesis Carlos Salinas con sus delegados de solidaridad.

El DNA de López Obrador y de su partido es claramente antiinstitucional; sin embargo, el poder se ejerce mediante las instituciones. No se puede prescindir de éstas, tampoco se puede observar la ley con discrecionalidad. Si para él fue un reto monumental ganar la Presidencia, más lo parece comportarse como presidente. El problema es que su empeño le llevó al menos dos décadas, desde que era dirigente nacional del PRD, para lo otro no hay tiempo, debe actuar como tal ya y su movimiento deberá institucionalizarse para poder administrar el poder.

El problema de muchos políticos es que no tienen límites, quieren más y más, nunca es suficiente; se vuelven intolerantes a la crítica y repudian los contrapesos. Queda claro que López Obrador es de pretensiones mayores, como ha sido su convocatoria por la Cuarta Transformación histórica de México. Tiene todo para lograrlo: mandato, Congreso, una oposición diezmada y una sociedad complaciente. Lo que no queda claro, y ese es el problema, es que sea para bien del país. Los medios que utiliza no se cotejan con los objetivos y preocupa, especialmente, la inclinación autoritaria, que bien puede servir para controlar y conducir, no necesariamente para llevar al país a un mejor destino.