Hace unas semanas sufrí una traición nacida del núcleo mismo de mis querencias. En una comida familiar dominguera, mi madre llamó a mis hijos con ese sonsonete irónico, divertido, que nunca ha presagiado nada bueno: “Chicos, les quiero enseñar una cosita”. Me acerqué y allí estaban: mis boletas de calificaciones desde sexto de primaria hasta el bachillerato, que son algo así como los evangelios apócrifos. Y es que mi verdad se había desbaratado. Adiós a mi condición de guía. Dijo Isela Vega: “Qué importa una mancha más en una reputación como la mía”, y dijo sabiamente. Pero no hay autoridad que resista a ese descrédito. “Esto valió ma…”, pensé. Me di por muerto como figura moral: mi madre, muchos años después, ajustaba cuentas conmigo. Sin embargo, ese acto cruel fue como el disparo de salida de una serie de hechos que invitan a la esperanza.

Me refiero a los primeros hechos de la Cuarta Transformación, que es la restauración de una Edad de Oro, el regreso de un pasado feliz, el de los 70 y lo mejor de los 80, esos que resistían al cáncer neoliberal. Por eso Ignacio Ovalle, al que deberíamos conminar a dejarse de medias tintas y hacer un relanzamiento de la Conasupo. Por eso Bejarano, nacido a la política con el sismo del 85. Por eso Bartlett, patriota. Por eso la reaparición, esta semana, de una mujer que mucho le debe justamente a Bartlett, la profe Elba Esther, tan lozana en esa rueda de prensa, tan tersa, incluso diría: tan fit, luego del encierro. Para que luego digan que en la cárcel no te rehabilitas. Por eso las refinerías y el tren del sur con salón fumador y todo, y la fe en las posibilidades del aeropuerto Benito Juárez, que lo único que necesita es que haya menos vuelos: que volvamos a cerrar las fronteras (en una de esas hasta podemos vender la Terminal 2 junto con el avión presidencial). Abracen la esperanza, sí. Con un poco de suerte, hasta se firma un decreto para reabrir unas cuantas franquicias de Burger Boy o de Danesa 33.

Podría hablarles de los regresos triunfales de Luismi y Vero Castro, otra vez. Pero no. De los 80, justamente, es esa película notable que en México se llamó Regreso al futuro, con sus secuelas. ¿La recuerdan? A bordo de un nostalgiquísimo De Lorean adaptado por Christopher Lloyd en papel de científico loco, él y Michael J. Fox viajan al pasado, a los días en que los padres de éste se conocieron. Para el personaje de Fox el viaje es, por supuesto, una posibilidad de enmienda, de reparación de la posteridad. Y es que el buen cine comercial de aquella época, el cine ochentero, tenía esa capacidad de construir metáforas amables, sin pretensiones, de cosas trascendentes. Aprendamos de ese cine y abracemos pues nuestro regreso al futuro. No sé, a lo mejor, ahora que la reforma educativa también va para atrás, un resquicio legal me permite regresar a mis años formativos, volver a presentar mis exámenes y llegar a casa con boletas nuevas, sin todos esos números en rojo, con un promediazo. O sea, recuperar la autoridad perdida, que ya sabemos que es el signo de estos tiempos, con mis hijos ovacionándome en plan de delegados del SNTE y el progresismo de Twitter aplaudiendo a rabiar otro acto de reparación histórica.