Pocas veces se asocia a Yucatán con el origen y desarrollo de las ciencias sociales y de otras disciplinas, artes y técnicas. Pero podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que, durante el siglo XIX, la península fue un gran laboratorio científico en el que los pioneros de la antropología, la arqueología, la etnografía y las ciencias naturales, así como del coleccionismo, la museografía y la fotografía, llevaron a cabo sus primeras contribuciones teóricas y metodológicas, a la par que creaban un corpus de información invaluable y útil hasta el día de hoy.

Fue decisivo el que varios de los primeros exploradores de las antiguas ciudades mayas conocieran personalmente a Humboldt y retomaran de él y de su obra: Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América (1810), indicaciones, métodos y, sobre todo, la integración de saberes que este sabio alemán propuso como base de la geografía humana, es decir, el estudio del paisaje, de su flora y fauna, y de las comunidades humanas que lo habitaban.

El primero de estos pioneros, el austríaco Jean de Waldeck, sentó la pauta y se convirtió durante décadas en fuente obligada de cualquier viajero que deseara recorrer Yucatán. Además de sus artísticas ilustraciones, Waldeck elaboró mapas, derroteros con nombres de localidades y leguarios, así como vocabularios de frases útiles en maya, glosarios, recetarios y listas de consejos prácticos.

Geógrafos y naturalistas, entre los destacan el francés Artur Morelet y el alemán Carl Bartholomaeus Heller, iniciaron la recolección de ejemplares vivos y especímenes disecados para los laboratorios de las universidades y los jardines botánicos y zoológicos de Europa, e incluso descubrieron y nombraron nuevas especies animales y vegetales. Su labor se vio complementada por las observaciones del ruso Voeikov, padre de los estudios sobre el clima, y el vulcanólogo Karl Sapper.

Como historiadores, arqueólogos y antropólogos, Emanuel Friedrichsthal, John L. Stephens, Alfred Maudslay, Edward Thompson y Teobert Maler, por mencionar a los más notorios entre los precursores, dedicaron sus esfuerzos a la exploración sistemática de sitios mayas desconocidos, tarea que enriquecerían muchos otros exploradores del área maya durante el siglo XIX. No sólo recopilaron información documental, etnográfica e histórica diversa, sino objetos arqueológicos de todo tipo, que enriquecieron las colecciones de los primeros museos, tanto de México como del extranjero. Fueron sin duda instrumentos de expoliación, pero también, y simultáneamente, de salvaguarda.

Por otra parte, sus aportes metodológicos no son menos trascendentales en el fortalecimiento de disciplinas en ciernes que ya empezaban a ser enseñadas en las grandes universidades de Estados Unidos y Europa: observación participante, el método por excelencia de la Antropología; entrevistas a informantes clave para la reconstrucción histórica y primeros experimentos en filmación con sonido, entre otros. Desarrollaron las primeras teorías sobre los orígenes de la civilización maya y difundieron todos estos hallazgos a través de la publicación de libros y artículos en revistas especializadas, así como en conferencias combinadas con exhibiciones de objetos y fotografías.

Como ilustradores daguerrotipistas y fotógrafos, sobresalen Frederick Catherwood, Desiré Charnay, Augustus Le Plongeon y Alice Dixon, quienes no sólo dejaron algunas de las más bellas ilustraciones de las primeras ciudades mayas exploradas, e imágenes costumbristas de la vida cotidiana del pueblo yucateco, sino que desarrollaron nuevas técnicas fotográficas en condiciones climáticas tropicales, publicaron manuales especializados, reprodujeron sus hallazgos mediante calcas y moldes de papel maché, y dejaron miles de fotografías, negativos en placas de vidrio y transparencias en 3D.

La información etnográfica dispersa en sus obras, es producto de la observación directa, del contacto continuo con los mayas y, en varios casos, de la experiencia de años. Muchos fueron capaces de comprender los alcances de un estudio prolongado, a veces de toda una vida, en un mismo sitio o sobre un mismo tema, lo que llevó a varios de ellos a aprender la lengua maya, y a vivir durante décadas en la península, incluso permanentemente.

Su mayor aporte, sin duda, fue no solo descubrir y difundir los primeros hallazgos acerca de esta sorprendente civilización, sino poner a Yucatán en el foco de interés del mundo, y todo ello mientras contribuían significativamente al desarrollo de las grandes disciplinas científicas sociales de nuestro tiempo, y del conocimiento, teorías y métodos que las constituyen.