Mi entorno se convulsiona, amigos me hablan temblorosos sobre la inminente victoria de Andrés Manuel López Obrador y los comentarios apocalípticos sobran sobre devaluaciones y crisis. Ahora bien: calma pueblo; no es para tanto.

Obviamente vemos las barbas de los venezolanos arder, crecer y volver a arder y estamos azorados con la posibilidad de vernos comiendo vísceras de pollo de cena de Navidad como nuestros infortunados amigos del sur.

Y no faltan los que exclaman que México no es Venezuela, que por más populista y déspota que sea este hombre, no vamos a acabar igual; es cierto también que exactamente lo mismo decían los venezolanos en los 90 y ahora desbordan las fronteras en pos de comida. Pero el hecho es incontrovertible: México no es Venezuela.

En primer lugar porque Venezuela tenía una economía que dependía en su 85% del petróleo estatal y al estar arruinada PDVSA pues se arruina el 85% de la economía. Éste no es el caso de México, nuestro país es una potencia industrial en crecimiento por sí mismo.

Con un enramado empresarial de enorme tamaño y una complejidad sin límites. La economía mexicana funciona por sí misma a pesar de una política fiscal terriblemente acosadora e injusta. El papel del gobierno como facilitador de los negocios en México dista mucho de ser siquiera aceptable, es más en muchos casos paraestatales como Comisión Federal de Electricidad (CFE) o en nuestro caso la torpe Comisión de Agua Potable y Alcantarillado (CAPA) no son más que trabas al desarrollo de zonas enteras y de proyectos que potenciarían la creación de empleos y la derrama económica. A pesar de eso México crece, sufre como un parto y retorciéndose de dolor sale adelante en un camino que el propio gobierno actual ya tiene lleno de espinas sin necesidad del desastre que se le anuncia a la gestión de Andrés Manuel López Obrador.

No vivo en sueño feliz, estoy convencido que un país administrado por López Obrador y sus inadaptados sería altamente disfuncional y el verdadero problema son las justificaciones que tome cuando la gente que hoy en día se percate de que no ha podido cumplir las promesas de campaña, es entonces cuando el populismo embarnece y saca de sí lo peor, la denostación de contrarios.

El descrédito y la invención de enemigos imaginarios. La suerte no nos ayuda; la administración Trump le está creando el caldo de cultivo perfecto al que venga para justificar cualquier fracaso y aunque nos duela: Trump saldrá reelecto, y es que a pesar de ser un bocaza y un ridículo la economía de Estados Unidos no deja de crecer y el desempleo tiene el nivel más bajo en décadas. En caso de ganar Andrés Manuel López Obrador no habrá manera que nos vaya tan bien.

No es posible que se logre algo con un gobierno formado por déspotas resentidos y por fanáticos como Batres o Noroña. Nunca se ha logrado nada a gritos y ésta no será la diferencia.

El terror es que al verse acorralado por fracasos el nuevo gobierno intente justificar los mismos por la “tibieza” de las reformas que se le han bloqueado por el sistema político nacional. Ahí buscará modificar la constitución en una espiral de radicalización que puede llevar a una temida dictadura.

Pero ese escenario está muy lejano aún y el toro mexicano es muy difícil de aplacar. El votante mexicano es aún muy voluble y el mismo odio que puede llevar a Andrés Manuel López Obrador al poder se le puede volver en contra en un segundo. Claro, eso suponiendo… que sí llegue al poder.