No son pocos los vecinos que se quejan, con justa razón, del ruido excesivo en aquellas zonas donde proliferan los comercios, sobre todo los nocturnos, en municipios como Benito Juárez, Solidaridad y más recientemente Tulum. Incluso se han organizado para denunciar la molestia que en otros países llaman “contaminación acústica” y es considerada una seria problemática social.

Aquí se le baja el perfil por desconocimiento y desinterés. ¿Cuál es la situación jurídica y ambiental que guarda la regulación del ruido en nuestros sitios turísticos? ¿Existen normatividades que controlen las emisiones sonoras en esos lugares? ¿Se han desarrollado “mapas de ruido” o “redes de monitoreo acústico” como instrumentos para zonificar las principales áreas de emisiones? ¿Existen medidas de prevención para mitigar las fuentes de polución? ¿Contamos con sanciones?

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud el nivel de tolerancia auditiva máxima es de 65 decibeles, pero la presión acústica se vuelve dañina al alcanzar los 75 y dolorosa cuando rebasa los 110. Según la OMS, más de la mitad de la población mundial está expuesta diariamente a niveles superiores a los 85, y el porcentaje restante enfrenta tasas que oscilan entre los 65 y 75.

En las grandes ciudades del país, en más de 350 días al año se sobrepasa los límites marcados por la OMS, y alrededor del 75% de sus habitantes sufre algún grado de sordera o pérdida auditiva, aunque no lo saben o lo nieguen. Es grave y muy lamentable que el Estado mexicano no esté poniendo atención al problema, cuando ocupamos el tercer lugar mundial en la producción de ruido, tras Japón y España.

¿Qué se puede hacer? Un plan multidisciplinario y transversal para hacer conciencia sobre los peligros, junto con el diseño de políticas públicas que permitan encarar la situación y establecer estrategias integrales para controlar las fuentes emisoras. Es utópico pensar que es posible “vivir en silencio”, aunque no es descabellado crear “zonas de silencio”.

Urge tomar precauciones y no minimizar los efectos. Adicionalmente, sumarse a los grupos que trabajan contra el ruido para contribuir a las acciones en nuestras ciudades, quizá difundiendo el mensaje sobre cómo actuar ante la problemática.

La lucha contra la contaminación acústica debe ir más allá de las leyes y guiar a la cultura cívica. No es un asunto de unos cuantos habitantes inconformes: es una situación delicada que amerita la atención inmediata de nuestras autoridades.

                                                               Desorbitado

Los candidatos no abordan los tópicos medioambientales. Hablan de todo, pero apenas de un asunto clave para el progreso. Lo utilizan cual “comodín”, aunque no proponen acciones concretas aun cuando Quintana Roo ha sido arrasado en nombre del desarrollo.