La violencia es un problema ubicuo que, cada año, cobra millones de víctimas en todo el mundo. En 2002 la Organización Panamericana de la Salud (OPS) reportó 1.6 millones y en 2012 casi medio millón de personas que murieron a causa de la violencia.

Si bien se muestra un descenso de muertes violentas, la violencia contra mujeres, niños y adultos mayores sigue generando una alerta mundial, ya que estas poblaciones son las más castigadas por el maltrato físico, psicológico y sexual: una cuarta parte de toda la población adulta ha sufrido maltrato físico en la infancia, una de cada cinco mujeres ha sufrido abusos sexuales en la infancia; una de cada tres mujeres ha sido víctima de violencia física o sexual por parte de su pareja en algún momento de su vida y uno de cada 17 adultos mayores ha sufrido maltrato en el último mes.

La región de América, donde se ubica México, tiene la tasa más elevada (28.5 homicidios por cada 100 mil habitantes) de violencia, en comparación con las demás regiones, en un universo de 133 países que conforman el 88% de la población mundial.

Vista desde el punto de vista económico, la violencia en general representa altos costos para todos: los individuos, las familias y el Estado. Si la violencia no se previene y no existen políticas del Estado y un esfuerzo individual y social por reducirla, los costos de todo tipo se elevan, incluyendo los de atención sanitaria, ausentismo laboral y pérdida de productividad. También se requiere más presupuesto que pague los costos judiciales para llevar al cabo los procesos que implican investigar y procesar en juzgados e incluso reparar los daños.

La violencia afecta principalmente a la población joven y los panoramas de desigualdad económica, el consumo indebido de alcohol y la atención parental inadecuada aumentan la probabilidad de maltrato infantil, violencia juvenil, violencia de pareja y violencia sexual contra las mujeres, apunta la OPS. “Los niños víctimas del rechazo, la desatención, los castigos físicos severos y el abuso sexual -o los que son testigos de la violencia en su hogar o en la comunidad- corren un mayor riesgo de tener un comportamiento agresivo y antisocial en etapas posteriores de su desarrollo, incluido el comportamiento violento en la edad adulta”, apunta.

Por eso es tan importante mantener bien identificada y medida la violencia. La mala noticia es que muy pocos países están generando cifras y bases científicas para prevenirla. Incluso, generan planes y programas sin datos.

La región de América es violenta desde hace décadas. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) señala en el Reporte Global del Homicidio que durante la última década, en esta región, en donde se ubica México, los niveles de homicidio han aumentado. De hecho, afirma que el continente ha tenido tasas de homicidio de cinco a ocho veces mayores que las de Europa y Asia desde 1950.

Así como la violencia se concentra en ciertas regiones, también se concentra en ciertos grupos respecto del sexo y del tipo de autores de los mismos y en esta forma de análisis, tristemente, las mujeres están en un riesgo considerablemente mayor que los hombres en el contexto familiar y de relaciones de pareja.

El reporte de la OPS apunta que, a nivel mundial, dos terceras partes de las víctimas de homicidio cometido por compañeros íntimos o familiares son mujeres (43,600 en 2012) y sólo un tercio (20,000) son hombres. Casi la mitad (47%) de todas las víctimas femeninas en 2012 fueron asesinadas por sus compañeros íntimos o familiares, en comparación con menos de 6% de las víctimas masculinas.

Es decir, “una gran proporción de mujeres víctimas pierde la vida a manos de quienes se esperaría que las protegieran”, mientras que a la mayoría de los hombres los asesinan personas que quizá ni siquiera conocen, apunta.

Estas macro estadísticas nos deben hacer pensar en una serie de cuestionamientos cuyas respuestas son necesarias para una verdadera estrategia de combate a la violencia en nuestro país y en nuestro estado. Tener las respuestas con investigaciones serias e información real sería la diferencia entre “dar patadas de ciego” o generar estrategias de prevención que tengan un “blanco” más preciso y en consecuencia una mejor efectividad.

En Yucatán, la violencia parece darse más bien dentro de las viviendas. Es probable que el tipo de homicidios que prevalece en Yucatán sea lo que el estudio de la OPS llama “homicidio asociado a conflictos interpersonales” y que implica que el homicida es un familiar o amigo de la víctima. Es decir, muy probablemente en Yucatán tenemos un tema de violencia familiar, cuya causa podría estar más asociada a la salud mental de los integrantes de las familias. Y convendría saber en qué porcentaje de estos homicidios se presentan, además, temas de consumo de drogas y alcohol, factores “transversales externos” que también deberían ser medidos y conocidos si de verdad se quiere enfrentar a tiempo este problema.