Históricamente las autoridades de los tres niveles de gobierno y los empresarios no han podido -o más bien no han querido- entender que no se puede tener un destino turístico de primer nivel, de clase mundial, y una ciudad de quinta, casi abandonada, echada a su suerte, porque tarde o temprano el desprecio se comerá al aprecio.

Y a sus 48 años de vida Cancún es un claro ejemplo de ello.

Hace apenas unos días, sujetos fuertemente armados llegaron en motos acuáticas a la playa de un hotel y dispararon al parecer contra vendedores ambulantes de alpaca, supuestos tiradores de droga.

Afortunadamente no llegó a mayores, no hubo víctimas ni lesionados. Pero el escándalo fue mayor. De inmediato accionaron los tres órdenes de gobierno para intentar desmentir la noticia a nivel nacional, argumentado un falso operativo, y al día siguiente, las corporaciones policíacas federal y estatal instrumentaron el operativo “Neptuno” a lo largo de la zona hotelera con la participación de 300 agentes, marinos y soldados que custodiaron el bulevar Kukulcan, las playas e incluso los centros de mayor aglomeración de turistas.

En cambio, en la ciudad, donde vivimos más de un millón de habitantes, van más de 140 ejecuciones en lo que va del año, es decir, más de un asesinato diario, y las autoridades sólo hacen como que hacen y no hacen nada. Jamás hay detenidos por estos homicidios, ni operativos especiales más allá del clásico acordonamiento del lugar y tan tan.

Por supuesto que la primera pregunta es: ¿Acaso vale más la vida de un turista que la de un mexicano? 

Es evidente y hasta congruente que se debe cuidar a Cancún como destino turístico de primer nivel. Tratar con pincitas la seguridad en este polo vacacional, donde circulan a diario cientos de miles de dólares, además de ser fuente de empleo de un elevado porcentaje de la gente que aquí vive. Ni hablar.

Sin embargo, Cancún no puede presumir su éxito turístico ante el mundo y taparse los ojos ante lo que ocurre en su zona urbana. Y no puede hacerlo porque pronto la ciudad le cobrará la factura. Esta descomposición social que prevalece en la ciudad forzosamente se irá desplazando hacia la zona turística, lo que pronto significa una grave amenaza para el principal del destino más importante de México. 

Y ya hay señales muy claras de ello.

Mantener los “dos cancunes” de los que tanto se ha hablado, terminará con una ciudad hasta hace pocos años próspera y segura. Los brotes de inseguridad en la zona de playas representan una clara señal y una advertencia sobre la impostergable necesidad de hacer algo.

Nada, absolutamente nada justifica la inacción de las autoridades ante tanta muerte, ante tanta impunidad. Y aun así, prevalece el cinismo y la poca madre de algunos que reconocen el problema, pero que descansan su conciencia y su chamba argumentando: “Sí hay mucha violencia, pero no hay turistas muertos. Los homicidios son allá, en la ciudad, no en la zona hotelera”, lo que marca una cruel división entre lo que para ellos es importante y lo que no, entre lo que es gobernado y lo que no, entre las vidas que valen y las que no. 

Lo mismo ocurre con los negocios en la ciudad, cientos de los cuales han tenido que cerrar sus puertas por el cobro del llamado “derecho de piso” de una delincuencia amenazante. Así han terminado con zonas emblemáticas como la avenida Yaxchilán, antes conocida como la zona de fiesta para la gente local. Hoy este lugar luce frío, desolado, con los negocios cerrados, lo cual, casualmente, no ocurre en la zona hotelera, no pasa en los establecimientos con mayores ganancias.

Y qué bueno, pero entonces surge las cochinas dudas:

¿Será que hay un acuerdo entre autoridades y grupos delincuenciales para que operen a sus anchas en la ciudad con la condición de no entrar a la zona hotelera? ¿Será que por ello hay tanta impunidad y el nulo trabajo de la Fiscalía?

Las evidencias alejan la suposición. Hoy como nunca es clara la división entre el turismo de primera y los habitantes de segunda, entre los acomodados y la carne de cañón…en un fenómeno que muy pronto cobrará lamentables e irreversibles facturas para una ciudad dedicada al vulnerable negocio de turismo y para un gobierno (federal, estatal y municipal) al que se le saldrá de las manos un problema que cree controlado.

Al tiempo…