Un amplio sector de la población coincide con la afirmación de que un candidato con propuestas es un mejor candidato, y por lo tanto es más probable que se gane la preferencia en el ánimo de los electores, por esa razón todos quieren ser “el candidato de las propuestas”, el que tenga las mejores, las más impactantes o las más viables. Sin embargo, pienso que se le da tanta importancia al asunto ese de contar con “las mejores propuestas”, que muchas veces ocasiona que los propios contendientes adquieran una especie de angustia electoral por encontrar una propuesta interesante que venderle a los electores.

Y en la desesperación por encontrar esa propuesta innovadora, maravillosa, atractiva, interesante, jamás antes pensada por otro ser humano, que consiga cautivar a los electores e inclinar la balanza a su favor, terminan por sacar lo que cuando mucho, y siendo generosos, podría calificarse de fugaz ocurrencia.

Algunas de las que en mi opinión ganarían un concurso de más absurdas son las del Partido Verde. Quizá el título que le ponen es sonoro, o mercadológicamente rentable (y hasta de eso tengo serias dudas), pero que evidentemente son meras vaciladas, como esa de conceder permisos laborales para asistir a reuniones escolares de los hijos, o la de hacer bancos de alimentos a los que se lleve “lo que iba a tirarse a la basura porque no se vendió” en supermercados y restaurantes.

Yo concuerdo en que algunos aspectos de la administración pública podrían requerir un cambio radical, una cirugía mayor, una reingeniería total que dé un golpe de timón a las cosas establecidas, pero también creo que en muchos casos, áreas y aspectos no es necesario cambiar nada, es decir, el instrumento existe, y me refiero a las instituciones, los programas, las políticas, planes y otros elementos; el capital humano también, en muchas ocasiones con suficiente talento, dedicación y empeño. ¿En donde falla entonces todo? Creo que en la ejecución: hace falta a veces la simple voluntad de quien encabeza una institución de hacer lo correcto, hacerlo bien, con calidad, sin desviaciones, motivando al resto del equipo de colaboradores y poniendo el ejemplo en primerísimo lugar.

Como ejemplo de lo anterior puedo mencionar que cuando Rolando Zapata era candidato hace 6 años no tuvo la necesidad de hacer una propuesta de crear una secretaría que fomentara y promoviera al estado para que llegaran grandes inversiones en importantes industrias, esa secretaría ya existía, la Sefoe. Solamente tuvo que poner a la cabeza de esa institución al Lic. Ernesto Herrera Novelo, quien en lugar de sentarse en un cómodo sillón ante su flamante escritorio para mover las piezas necesarias que le aseguren una futura candidatura o el siguiente puesto público, simple y sencillamente hizo el trabajo que debía y tenía que hacer, lo hizo bien y lo sigue haciendo hasta hoy.