Por Rafael R. Deustúa

 El estereotipo negativo del videojugador es el chico con sobrepeso y sin vida social que vive encerrado en mundo virtuales, estereotipo por que la cultura de los videojuegos es mucho más que eso, desde sus inicios hasta la actualidad y en “Ready Player One” Steven Spielberg crea un homenaje de nostalgia a esa cultura y lo que implica para los jugadores.

 En el 2045 casi todo mundo vive en el mundo virtual de videojuegos llamado “Oasis”, en especial para escapar de la mísera realidad. Dentro del juego los mejores jugadores están empeñados en un torneo que el trillonario James Hallyday, creador de Oasis, dejó al morir y cuyo ganador será su único heredero. Cuando Wade Watts gana la primera fase del torneo, se ve inmerso en una peligrosa aventura.

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 El autor de la novela, Ernest Cline, escribió el libreto con Zak Penn alterando su historia para la gran pantalla y por lo cual tiene diferencias sustanciales con el libro. Aunque la historia es más bien lineal, tuvieron la idea de darle un cierto trasfondo psicológico cuando tienen que buscar claves en la biografía de Hallyday y ése giro enriquece la película.

 Es irónico que uno de los grandes creadores de mitos de los ochenta, Steven Spielberg, dirigiera el filme y su trabajo es magistral. La trama es un simple recorrido de A a B, pero la sabe convertir en una aventura y provocar emociones con pocos elementos y escenas breves. Sabe plantear a los avatares para que correspondan con sus contrapartes humanas, aunque la historia la veamos sobretodo a través de los primeros.

 Las actuaciones es díficil juzgarlas cuando vemos a los personajes más tiempo como avatares en un mundo virtual que en la realidad, con la voz como única conexión, pero los chicos convencen. El estelar lo lleva Tye Sheridan, que se apoya mucho en Olivia Cooke y Lena Waithe; como villanos Ben Mendelsohn, T.J. Miller y Hannah John-Kamen saben dar suspenso a la película. Mark Rylance y Simon Pegg tienen roles breves pero consistentes.

 Lo más fuerte del filme es la producción de arte en todos sus aspectos, con un sólido homenaje a la cultura pop de los setenta y ochenta, al igual que el libro. La recreación del Oasis es hiponótica de tantos detalles que tiene, digna de verse cuadro a cuadro en un día de ocio para apreciarla bien. Aún cuando solo sean digitales, esos mundos son extraordinarios.

 Quizá el único problema de un universo digital tan rico es que las escenas de acción viva se ven pobres, con pocos extras y escenarios falsos en contraste.

 Un excelente paseo de nostalgia y un gran entretenimiento, bien vale la pena verla en el cine.