22 de Septiembre de 2018

Quintana Roo

Inédito: se desbordan cenotes en Tulum y Cobá

Habitantes de la zona, acostumbrados en sus lugares de origen a las inundaciones, jamás habían visto algo igual.

En algunas localidades utilizan kayac para transportarse de un lado a otro. (Israel Leal/SIPSE)
En algunas localidades utilizan kayac para transportarse de un lado a otro. (Israel Leal/SIPSE)
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Carlos Ciau/SIPSE
CANCÚN, Q. Roo.- Pedro Belisario Ascencio, a sus casi 60 años, ha visto en su natal Pichucalco, Chiapas, innumerables inundaciones, lluvias torrenciales y deslaves de cerros. Su vecino, Pedro Dzib, campechano de nacimiento, tampoco se queda corto en lo relativo a fenómenos meteorológico, a sus 57 años.

Sin embargo, ambos comparten desde hace unos días una experiencia inédita y desesperante por igual. Viven en un predio en el kilómetro 6 de la carretera Tulum-Cobá. Comparten un cenote en su traspatio y, contrario a las antiguas y misteriosas crónicas mayas de los ríos subterráneos sin fin que recorren la Península, varios de estos cuerpos de agua “rebosaron”.

Incluso, en el predio de “Los chinos”, como se conoce a este par de taxistas, el agua alcanzó los tres metros de altura, que los obligó a abrir una brecha en pleno monte, para que pudieran escapar sus familiares de un destino incierto.

La casa de don Belisario, que no está en “altillo”, sucumbió al embate del mal tiempo y perdió todas sus posesiones.

Acompañado de don Pedro, y la inseparable “Canela”, una pequeña perra, la cual, al parecer, le ha tomado cariño a su inesperada piscina natural, suspira por la llegada de apoyo, que lo ayude a volver a la cotidianeidad.

En la laguna de Cobá la afectación salta a la vista, con el estacionamiento de la zona arqueológica bajo el agua, impidiendo el acceso a unos cuantos turistas españoles, que estaban más preocupados por la salida de un lagarto que por la crecida por las lluvias. El letrero de “Cuidado con los cocodrilos” sobresale del puente de observación, cubierto casi en su totalidad.

Ya camino a Cancún, en Nuevo Valladolid, vecinos sacan como pueden sus escasas pertenencias de valor, entre las aguas que se empiezan a tornar malolientes.

Se quejan, mientras en un triciclo intentan trasladar a lugar seco una estufa y un refrigerador, de que estaban mejor cuando la carretera no pasaba a las puertas de sus domicilios, ya que, al construirse, tapó los pozos colectores.

Al igual que los damnificados de Tulum, se lamentan y piden que la autoridad los visite y mitigue sus problemas.

En Leona Vicario, a 55 kilómetros del destino de playa benitojuarense, un kayac obliga a realizar una parada sorpresiva. Ahí, don Eustaquio, veterano guardián de una iglesia católica, descansa en una casa convertida en pequeña isla, debido a que la laguna y los terrenos se han fundido en una masa de agua, evitando su contacto con tierra firme.

De manera peculiar, con el kayac volteado y botas de hule, el anciano navega varios metros para dar la bienvenida al lugar, denominado, de manera casi irónica, “La sed de Dios”.

La fauna del monte no se salva de la furia de los elementos; tarántulas, víboras y conejos cruzan las carreteras en busca de refugio, pero muchos de ellos no alcanzan a llegar al lugar esperado y perecen víctimas de los automotores.

Mientras “Manuel”, “Ingrid” y otros fenómenos acaparan los reflectores por su grado de destrucción, numerosos quintanarroenses también padecen un viacrucis diario, pero altamente silencioso.

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