14 de Diciembre de 2017

Riviera Maya

Cuenta sus memorias bacalarense de 102 años de edad

Ricardo Cahum Canul nació en tiempos de la Revolución Mexicana, ahora es el hombre más viejo de Bacalar, plática las historias que le contaba su madre de niño.

Don Ricardo Cahum Canul tiene 102 años y no recuerda la fecha de su llegada a Bacalar. (Juan Carlos Gómez/SIPSE)
Don Ricardo Cahum Canul tiene 102 años y no recuerda la fecha de su llegada a Bacalar. (Juan Carlos Gómez/SIPSE)
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Juan Carlos Gómez/SIPSE
BACALAR, Q. Roo.- A sus 102 años sigue teniendo alegría en sus ojos pese al cansancio que los cubren y se traducen en grietas, esas marcas que deja la vida en la cara y que dicen si en nuestra vida hemos reído mucho, hemos llorado mucho o hemos permanecido indiferentes.
 
Esas arrugas se han extendido a lo largo de toda su piel de don Ricardo Cahun Canul, sus cabellos plateados sobresalen en los costados de su gorra roja que le adorna la cabeza, esa cabeza que no lo deja trabajar, “me duele mi cabeza y las rodillas por eso ya no chapeo, que es a lo que me dedicaba” dijo.
 
Originario de un poblado de Campeche nació el tres de abril de 1910. Nació con la Revolución Mexicana, misma que trajo historias a su vida relatadas por su madre cuando era pequeño: “toda la familia nos escondimos en una cueva para que no nos pasara nada en la revolución”, aseguró.
 
¿Cuándo llegó a Bacalar? No lo recuerda, pero una cosa es segura: “debí de haber estado joven y fuerte porque llegue cuando nos contrataron para construir la carretera entre Escárcega y Xpuhil, muchos se pasaron para Chetumal al terminar la obra”. Don Ricardo Cahun Canul, el hombre que nació con la Revolución, es la persona más vieja de Bacalar, según los datos del Registro Civil del municipio.
 
Visionario, Ricardo quería irse a vivir a Belice para trabajar la caña de azúcar y aprender inglés después de terminada la carretera, pero no quería viajar sólo porque “por esos lugares los beliceños robaban, le dije a dos amigos yucatecos que fueran conmigo, pero prefirieron regresarse a su pueblo, así que yo me vine a Bacalar, si no ahorita hasta inglés estaría hablando con los turistas”, plática con una sonrisa que más allá de sus labios se refleja en su mirada, la mirada de alguien que ha vivido.
 
Mayero de nacimiento (habla la maya), comenta las ventajas que tendría hablar español e inglés también, “podría ser guía de turistas”, dice en tiempo presente con un español algo cortado.
 
Decidió viajar a Bacalar por la laguna de los Siete Colores, ese monstruo acuático de 52 kilómetros cuadrados que cuando Ricardo lo conoció “estaba lleno de peces grandotes, y los podías agarrar en la orilla con la mano, porque no tenían miedo, pero los pescaban con arpón y se los fueron acabando, hoy ya no queda nada, los turistas se van hondo, hondo y no encuentran nada”.
 
Hoy no tiene pareja, la tuvo, pero hace tiempo. Cuando trabajó en Nuevo Jerusalén, un poblado con escasas población en ese entonces, hoy viven 586 personas, conoció a Adela, con quien tuvo dos hijos.
 
“Decidimos irnos a vivir a una colonia nueva en Cancún pero tenía que asearme delante de todos y cosas así y no me gustó y le dije a mi mujer: mejor vámonos, hay que regresarnos”. 
 
Pero ella se quedó, desde entonces no la ha visto, ni a ella ni a sus hijos, aunque uno de ellos, el varón, lo llegó a buscar a Bacalar en una ocasión: “preguntó por mí en una pollería, pero como no me conocían, no le dieron informes de mí y se fue”.
 
No ha vuelto a saber de ellos y no quiere hacerlo, “yo ya soy viejo y mi hijo no sabe nada de mi vida, ni yo de la de él, estoy enfermo y no puedo trabajar, no tengo dinero, prefiero que no me vea así”, finaliza.
 
(Edición: Rafael Pérez)

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