20 de Octubre de 2018

Quintana Roo

De Cancún al Kilimanjaro IV

Aunque el frío cala, el Sol hace toda la diferencia: tras cuatro días de marcha, al fin algo que ver (y que contar).

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Por Fernando Martí

Gritos de júbilo y exclamaciones de alegría recorren el campamento. Aunque la mañana es gélida, el espeso manto de nubes se ha rasgado, para dar paso a los rayos de un tímido sol. 

El efecto entre los excursionistas es divertido. Docenas de rostros pálidos, claramente no africanos, se despojan de capuchas y pasamontañas para recibir las caricias del astro rey. Algunos cantan, otros silban melodías, unos cuantos bailan. El humor de la tribu, huraño y retraído los días previos, cambia en instantes. Los vecinos se saludan, se escuchan carcajadas e imprecaciones, se siente despegar el ánimo.

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El prodigio dura lo suficiente para instalar mesas portátiles a la intemperie y disfrutar, ahí afuera, un desayuno tan insípido como la víspera (otra vez té, otra vez pan con mermelada, otra vez avena), que sin embargo sabe mejor. El cielo no se ha abierto por completo: el manto brumoso sigue ocultando la cima del Kilimanjaro, pero sobre el campamento flota una burbuja de luz.

Tres cuartos de hora más tarde la cortina se vuelve a cerrar. Es hora de empezar a caminar. Sin ganas, perdido el ánimo festivo, los grupos remontan la vereda. El paisaje también es menos alegre: los pinos y los abetos van desapareciendo del entorno, dejando espacio a una alfombra de monte bajo, arbustos descoloridos que han aprendido a soportar el frío. 

Arriba, arriba, arriba…

Un pie adelante del otro en la vereda, reseca y estrecha, apenas una cicatriz en esta ladera de piedra y guijarros. El Kilimanjaro lo construyeron una buena cantidad de erupciones volcánicas: aquí no hay más que piedras salidas de las entrañas del planeta. Sólo piedras: monolitos del tamaño de una catedral (y más grandes, y más chicos), todo un catálogo de rocas sueltas, millones y millones de guijarros. Esos son los más peligrosos: hay que pisar fuerte, asentar bien las botas, evitar a toda costa los trastabilleos y los resbalones, y su temible consecuencia, las torceduras.

Llueve de repente, escampa de repente, sopla el viento de repente, hace frío de repente…
Así se van sumando miles de pasos, se van acumulando cientos de metros, hasta que los guías indican que es hora de hacer alto y almorzar. Un sándwich abominable, un huevo duro, un jugo sintético, una barra de cereal, unos tragos de agua.

La segunda parte de la jornada es tan aburrida como la primera. Nada altera esta frustrante experiencia, como no sea la recurrente duda. ¿Qué hago aquí? ¿Cómo diablos me metí en este lío?
Tras otras tres horas de tedio, los guías anuncian que estamos por llegar al segundo campamento.

Bueno, eso de campamento resulta una descripción presuntuosa e inexacta para el pedregal al que arribamos. La caseta de los guardias rurales y unos baños malolientes, que se alzan sobre un promontorio, ni siquiera son dignos de mención (ya no digamos de una visita). Aquí y allá, entre el manto de piedras, pequeños claros permiten la instalación de las casas de campaña, pero no hay que engañarse: en los claros, el suelo también es de piedra. En ese momento, recuerdo con mucha gratitud al vendedor de equipo de montaña que, meses atrás, cuando preparábamos el viaje, prácticamente me obligó a comprar unos colchones inflables carísimos (pero ligerísimos, térmicos e impermeables), que aquí equivalen a flotar en una nube.

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Nada más llegar, mientras los guías arman las tiendan (e inflan los colchones), lo que es una neblina difusa se convierte en una nube espesa. La visibilidad se reduce a pocos metros, apenas lo suficiente para ver la  silueta de los porteadores en las crestas rocosas, en el inverosímil intento de comunicarse al mundo exterior por celular. La recepción es pésima: pocos llamadas conectan, y se cortan en pocos segundos, pero la fiebre de la comunicación instantánea ya no está ausente de ningún rincón del mundo.

La noche, como las anteriores, nada memorable. Igual que la duda gratuita (porque no tiene remedio), que sigue instalada en nuestro ánimo. ¿Valdrá la pena? ¿La regamos?

Día 4
Septiembre 8 / 6:35 de la mañana
Shira II / Altitud: 3,815 m

El cuarto día en las faldas del volcán es singular por más de una  razón.

Primero, salió el Sol. Poco después de empezar a caminar, sumergidos en la niebla cotidiana, las nubes se empiezan a dispersar, hasta que un disco robusto y luminoso conquista el espacio, pintando el cielo de un azul intenso. No sólo eso: en el almuerzo, los cálidos rayos nos permiten asolear algo de ropa, que lleva muchos días mojada. 
¡Ajúa!

La presencia del Sol nos contentó, nos entibió, nos calentó, y al rato, nos tostó, obligándonos a sacar lentes y bloqueadores, para protegernos de los estragos de sus caricias en la alta montaña. Nos fuimos despojando de chamarras y suéteres, hasta quedar en camiseta, y aún así sudamos todo el día, aunque hay que agregar que, a la sombra, las temperaturas se mantuvieron gélidas. 

Segundo, avistamos los primeros sitios dignos de mención. Antes que nada, los glaciares colgantes de la pared Sur. Aunque la cima del volcán permaneció escondida detrás de una cortina gris, las laderas se mostraron plenas, permitiendo a los guías explicar las rutas por donde desciende el hielo y por donde asciende el hombre (la mayor parte cerradas, por el peligro de deslaves).

De buen humor, Josephat nos contó la historia del león que se instaló a esas alturas y nos enseñó la cueva en que vivía, en un paraje pelado y inhóspito que se llama, con exceso de obviedad, la Cueva del León. Obvio, nadie se creyó el cuento, tendría que haber sido un león polar para aguantar esos fríos.

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Con buen ritmo, a eso del mediodía arribamos al monolito conocido como Lava Tower, la Torre de Lava, muy similar a otra docena de monolitos que tapizan esta falda rocosa. La única diferencia es que Lava Tower está en la ruta de paso. Ahí se unen varias rutas de ascenso (el número de excursionistas aumenta), e incluso ahí se puede acampar, aunque la jornada completa recomienda seguir hasta el siguiente campamento, porque así desciendes unos cuantos metros.

Según un amigo del camino, un flemático y correoso británico llamado Roy, las técnicas modernas de caminata en alta montaña sugieren que asciendas 500 metros al inicio de la jornada, y que luego desciendas 200 antes de acampar, permitiendo con ese sube y baja una mejor aclimatación del organismo (más allá del esfuerzo extra, pues lo ya subido lo bajas, y lo vuelves a subir al día siguiente). No sé si funcione, pero eso hicimos todos los días.

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Roy, a sus 66 años cumplidos, es un ciclista de ruta, que hace 100 o 200 kilómetros cada fin de semana y que, viviendo en el Norte de Inglaterra, no encuentra para nada rigurosas las condiciones climáticas del Kili, aunque quiere rematar el paseo bajo las ondulantes palmeras de Zanzíbar. De hecho, su primera intención fue subir el Kilimanjaro en bicicleta. Sólo al enterarse que nadie ofrecía ese servicio, no sin disgusto decidió caminar, pero al menos ese día seguía convencido que es perfectamente posible hacerlo sobre dos ruedas.

Locuras aparte, la ruta de bajada del día nos condujo, a través de una serie de cañadas, hasta el campamento denominado, con toda propiedad, Barranco. Una profunda hendidura en la falda de la montaña, que en los deshielos se torna río, sirve de escenario a un paisaje vegetal singular, un bosque ralo de un árbol caprichoso, especie endémica que sólo se encuentra en las faldas del volcán y cuyo nombre científico es Senecio Kilimanjari. Nadie supo decirme si era una cactácea (aunque tenía toda la pinta, con sus robustas ramas curvas y sus crestas con aspecto de penacho), ni siquiera la búsqueda de rigor en Google, que la cataloga dentro de la familia Asteraceae.

Los senecios y su flora de acompañamiento, arbustos rastreros y espinosos, líquenes y pastos de roca, se advierten aquí y allá en las grietas de las rocas, porque esa es la base del paisaje: rocas. Con ese panorama, caminando en fila india a la orilla del río, llegamos a Barranco justo a tiempo, tan sólo para presenciar como la espesa cobija de niebla cubría por completo el campamento.      

Continuará.

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