16 de Octubre de 2019

Opinión QRoo

Encrucijada

Actualmente percibo con nostalgia cómo los pacientes van perdiendo la confianza...

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Actualmente percibo con nostalgia cómo los pacientes van perdiendo la confianza en sus médicos (institucionales). Todavía rememoro imágenes de maestros, cuya presencia contigua al enfermo lograba trascender e inclusive alcanzar un nivel espiritual.

Aquella conexión integral culminaba con una frase que embalsamaba y comprometía: ¡Solo con verlo doctor, me curo!

La razón de este alejamiento y falta de confianza tiene varias aristas; por un lado, nuestro sistema de salud se ha visto achicado en infraestructura, toda vez que la población crece exponencialmente y la demanda, por cualquier cantidad de factores, cual tsunami se arremolina en los actuales nosocomios, dentro de los cuales en no pocas ocasiones siguen contando con equipamiento obsoleto, que recuerda películas de los años 80, con enmendaduras riesgosas para la atención del enfermo. En el mismo orden de ideas, la exigencia en la atención por parte de la medicina especializada contrasta con la menguada oferta de profesionales en algunas áreas de la salud.

Los dos actores principales de este escenario doloroso tienen en parte razón, ya que, por un lado, el médico requiere de espacios físicos dignos, elementos de diagnóstico y medicamentos suficientes y específicos para devolver la salud de un paciente.

Hemos alcanzado un mayor número de años por dos razones: gracias a la prevención (piedra angular de la salud) y a los avances tecno-médicos. Cualquier retroceso es estos rubros amenaza y deja indefenso al galeno, que tiene que enfrentarse a demandas sin poder esgrimir la carencia real en el interior de las instituciones.

En el otro extremo, los argumentos del enfermo son válidos, ya que busca oportunidad de recuperación de la salud. Ya no puede darse el lujo de estar enfermo mucho tiempo o de esperar hasta que le toque la cita con un especialista; como están las cosas, el enfermarse es una agresión al empleador y corre el riesgo de que se le investigue y en la primera oportunidad lo corran de su fuente de ingresos.

Ambos fenómenos llevan a la saturación, desgaste, impotencia, largas esperas y, de forma indivisible, al abandono transitorio con impacto “gasto bolsillo” de la atención institucional, para acudir a las instancias privadas, que, dicho sea de paso, algunas, como las “tienditas de la esquina”, dejan mucho que desear. Baste ver cómo pululan las farmacias-consultorios.

En conclusión, es impostergable mejorar la atención de nuestra población, y para ello se requiere voluntad y dinero. No basta un papel y estrategias de mejora, si no van concatenados con mayores recursos. Hacer menos con más no quiere decir exprimir o sacrificar al personal de salud, ni tampoco caer en las fauces de las industrias médico-farmaceúticas-tecnológicas.

Eficiencia y eficacia en la administración solo se obtienen con experiencia, madurez e integridad. Nuestros pacientes lo demandan.

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