La pregunta incómoda

Hace unos meses me hicieron la pregunta. Hasta hoy sigo buscando...

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Hace unos meses me hicieron la pregunta. Hasta hoy sigo buscando la respuesta.

Vaya, tengo la respuesta, pero mientras más lo pienso me voy dando cuenta de que es una respuesta que cambia, se depura y evoluciona.

— ¿Qué es lo que más te gusta de ti? — Me preguntó con una hermosa sonrisa que escondía la picardía de quien sabe que te está metiendo en líos.

Muy pronto me di cuenta de que la búsqueda de esa respuesta iba a ser incómoda.
Todo comienza en el espejo; de entrada, ahí comienzan todas las discrepancias entre lo que piensas que eres y lo que realmente eres. Me sucede que estoy acostumbrado a ver el espejo de reojo, como sabiendo que ahí está, pero sin la intención real de asomarme a escuchar que es lo que tiene que decir.
Ponerme a buscar algo que me guste de mí es tan fácil como elegir entre una visita al dentista o al proctólogo. Además, vivo con un sesgo de rudeza innecesaria para jugar a la autocomplacencia. Me saca ronchas en la conciencia calificarme bien. No es que no existan cosas que me gusten de mí, las hay, pero a veces me cuesta identificarlas con claridad. Mi vida ha sido una permanente metamorfosis, por lo que al asomarme al espejo encuentro muchas diferentes versiones de Sergio coexistiendo.
Sigo incomodo con la pregunta. Es como preguntarle a un camaleón cuál es su color favorito. No puedo separarlo, no hay un color predominante, en todo caso lo que me gusta de mí es el caos que me rodea. El fabuloso, impredecible, incontrolable caos de esta ruta de tantas facetas diferentes. Caos que me ha roto en mil pedazos y me ha llevado a reconstruirme otras tantas. Esa mezcla metafísica de todo lo que soy, lo que fui, emociones, pensamientos, carne, piel, destino, casualidad, azar, espíritu y sentido. Que viaja en el tiempo como nube camaleónica, cambiante, con rumbo indefinido. Que me impide ser estatua, que me mantiene activo, me supernova, me redefine y mantiene en constante búsqueda.
Sospecho lo que puedes estar pensando, mientras lees todas estas que parecen reflexiones onanísticas de un ególatra consumado -en parte seguramente lo son-. Sé lo que dicen los gurús de la paz mental y el bienestar acerca del amor propio y la importancia de quererse uno mismo por sobre todas las cosas, pero ¿acaso es tan simple?

La idea de que, si no me quiero yo, no me quiere nadie, no aplica en todos los casos; he vivido de primera mano descubrimientos de amor incondicional, incluso en los momentos en los que más me he odiado yo mismo.

Querer a alguien implica más allá de cariños complacientes. Implica a veces reclamo, verdades dolorosas, pleitos, castigos. Todo parte del compromiso del amor mismo. Mientras más profundo el amor, más intenso el compromiso. Sucede por igual en relaciones familiares, amistosas o de pareja, ¿Por qué en el amor propio tendría que ser diferente?

Enfrentarte al espejo para encontrar que es lo que más te gusta de ti probablemente te lleve a descubrir lo que más te molesta. Ahí radica la dificultad y acaso también el valor de asomarse de vez en cuando al espejo y no solo para arreglarte el cabello.

La pregunta me sigue siendo incómoda, la respuesta sigue cambiando. Ahora tú, responde: ¿Qué es lo que más te gusta de ti?

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